Corregir, corregir, corregir (una historia de amor a la escritura)

     Ahora cuesta todo muchísimo menos esfuerzo. Antes el libro se escribía a mano, y cada versión era diferente. Tengo la imagen de una mecanógrafa, con una rebeca a los hombros y gafas de concha, pasando folios y folios de un manuscrito de letra pequeña y apresurada. El escritor producía no solo una obra de arte con su relato, sino también una obra de artesanía física con sus páginas escritas. Doscientas, trescientas páginas de memorabilia que podrían ser vendidas al mejor postor tras su muerte. La mecanógrafa teclea rápidamente sin levantar su vista del folio y rara vez interrumpe al escritor con dudas acerca de cuál es tal o cual palabra. Ya conoce sus trazos y, si su querencia por el detalle no es demasiada y no quiere interrumpir al creador, a lo mejor incluye alguna palabra de su propia cosecha. Una palabra mínima, quizás dos o tres en cada montoncito de folios garabateados en estilográfica azul. A lo mejor, si pudiéramos encontrar todas esas palabras descubriríamos que la mecanógrafa es una excelente narradora. Tanto o más que el autor, con sus ínfulas y sus puros habanos. Ella, con su rebeca y sus gafitas de concha y sus dedos firmes golpeando la máquina de escribir, ha hecho más por la literatura que aquél con sus vueltas y revueltas a los argumentos universales. Ahora el escritor es también mecanógrafa (imagina un Hemingway con rebequita al hombro y gafas de concha marrón, colgadas con una cadenita dorada y ríete de lo ridículo que se muestra). Y desde luego ha dejado de ser artesano.

     Ya no hay mecanógrafas que dejen sus historias entre las palabras del gran hombre. Si acaso algún intento por parte del autocorrector de sustituir un arcaísmo por una palabra insípida de entre los miles de palabras insípidas de su memoria de serie. Algún día se escribirá un relato como este, donde se recordará a los primeros autocorrectores que trataron de dejar su impronta en los escritos de los grandes de este siglo, y fueron aniquilados por los dedos gordos del escritor, eliminando esas rayas rojas bajo las palabras, que parecen hacer sangrar a la página en blanco.


Sobre el autor

Hilde

Soy hipocondriaco, paragnósico, ateísimo y me tiro pedos.