El pecado de amar

Hace calor, mucho calor. demasiado calor

Me siento desorientado, a penas puedo respirar con el saco de tela que me cubre la cabeza y lo único que puedo sentir es el sabor de la sangre ya reseca en mis labios y la presión de las cuerdas en mis muñecas que hace horas que comenzaron a rascarme las muñecas.

Aun no se exactamente por qué está ocurriendo todo ésto y que pecado he cometido que merezca tal castigo. La gente grita, a penas puedo entenderles y solo se que estoy cansado;  cansado y aterrorizado. Hace un rato que me mee encima del miedo pero que más da. En estos momentos el orgullo es lo último que me pasa por la cabeza.

 

Sabía que no debía, que era una locura pero, me sentía terriblemente solo, incomprendido, aislado. Ni siquiera me lo plantee en un primer momento pero, me pilló con la guardia baja. Aun recuerdo el olor a agua de azahar  de aquel humeante té cuando me sirvió el vaso en la mesa. Me sonrió como nadie lo había hecho antes y, al rato, me trajo un par de galletas “de regalo” para acompañarlo; me dijo que tenía cara de tener hambre y, la verdad es que, llevaba unos días a penas sin comer por el estrés de terminar el trabajo a tiempo, Me supieron a gloria.

Dos días más tarde volví sin saber realmente por qué y, de nuevo, mi té de media tarde llegó a la mesa con una cálida sonrisa y dos galletas que me inundaban la boca a canela y almendras..

Una corta conversación, un sentirme escuchado… Una cosa llevó a la otra y, una semana más tarde, a pesar de que nunca pensé en hacer algo así, mis labios se estaban derritiendo sobre los suyos en el baño de la cafetería a escondidas. Había descubierto la felicidad en un segundo después de reprimirme durante toda mi vida.

Me habían dicho tantas veces que aquello estaba mal, que era una aberración, que era antinatural pero, ¿Cómo podía ser malo cuando sentía que el mundo se abría frente a mis ojos solo al sentir que sus dedos me acariciaban el pelo, dejando que se derramara entre ellos?

Una patada en el estómago y más voces hostiles me devuelven a la realidad. Sigo sin entender que está ocurriendo aunque, una parte de mí, conoce de antemano el final; conozco el precio a pagar por sentirme vivo y huele a polvo, al sudor viejo y acre de la multitud que me rodea. Huele a tela de algodón sucia y al aroma ferroso de mi propia sangre. La patada me ha tirado al suelo casi me hace vomitar, siento la bilis en mi boca y, cuando me levantan de nuevo, la tensión de las cuerdas me hiere aun más en las muñecas, pero ya no tengo fuerza para resistirme ni llorar; lo que más me duele es que se que él está junto a mí, le oigo sollozar.

No podré perdonármelo nunca.

 

Todo parecía sacado de un cuento, de una de esas películas americanas de gente guapa y finales felices, Nos divertíamos con nuestra pequeña aventura contra el mundo y aprovechábamos los ratos libres de ambos para escabullirnos a cualquier rincón, lejos de ojos indiscretos. No nos atrevíamos a ir a nuestras casas por temor a que nos vieran los vecinos pero, siempre encontrábamos la manera de vernos.

Nunca pensé que un abrazo pudiera ser tan intenso ni que pudiera perderme durante horas en una mirada sin mediar una simple palabra. Era feliz. 

Habíamos hablado incluso de dejar el país, mudarnos a otra parte donde pudiéramos estar los dos juntos, comenzar una vida y, tal vez, envejecer a la par. Con el tiempo perdí el miedo (fui un imprudente, todo es culpa mía) y una noche le invité a venir a mi casa; entramos a escondidas y estuvimos charlando durante horas en el sofá y viendo miles de fotos de mis viajes; luego, simplemente comenzamos a besarnos de nuevo hasta que ninguno de los dos supo donde comenzaba y terminaba la piel del otro.

Los sueños se truncaron de golpe cuando, su hermana, que sospechaba algo, apareció con un grupo de hombres. Reventaron la puerta de una patada y entraron gritando. No llevaban armas, no les hicieron falta. A mi me tiraron contra una pared y se ensañaron a golpes con él. Cada golpe que le daban me dolía a mí como si fuera propio.

Cuando tiran de mi de nuevo, me doy cuenta de que todo acabará pronto. El dios al que llevo rezando toda mi vida, no puede existir si permite que ésto ocurra.

Siguen gritando, nos siguen golpeando, le oigo llorar como un niño pequeño y se me parte el alma; si solo pudiera salvarle a él… Es todo por mi culpa, no debí hacerlo.

Escucho un pequeño discurso, reconozco la voz, las voces; son mis vecinos, mi familia. Colocan la silla bruscamente y noto el viento cálido en mi espalda mojada de sudor. Mi cabeza está cubierta pero todos saben quien soy, puedo sentir a la multitud. No puedo respirar. Todos están allí. una última bofetada, una última frase que se me atraviesa en la garganta y no puedo ni mascullar, un último sentimiento de impotencia al saber que estoy a escasos centímetros de él y no puedo hacer nada para ayudarle y la presión de una patada en el pecho que me tira hacia atrás. La caída se me hace eterna y …

Yo solo quería ser amado…

 


Sobre el autor

Minerva Uthsavoc

Rubia (muy rubia).