La otra gran serie

De TVE se pueden criticar muchas cosas, pero al menos en cuestión de series ha mantenido el tipo en los últimos años, arriesgando con formatos novedosos o poco explorados por el resto de las cadenas. Series como El Ministerio del Tiempo o Estoy vivo le dan razón a eso de ser una cadena pública (obviaré horrores de los gordos como La peluquería esa del demonio). A mi entender, donde realmente han vuelto a dar la campanada, donde han demostrado valentía, riesgo y calidad es en La otra mirada. La serie con su envoltorio histórico-chupi-guachi, situado en la Sevilla de los años veinte, puede parecer a la sombra de Galerías Velvet o Las chicas del cable, pero nada más lejos de la realidad.

No se puede decir que engañen porque bien que ya lo avisan en el título; van a aplicar al argumento una mirada feminista y revisionista, volviendo hacia atrás sin ira desde el siglo XXI al siglo XX, fijándose en temas que hasta hace tres días (como quién dice) eran irrelevantes por ser “cosa de mujeres”. Así han podido repasar desde el voto femenino, al lesbianismo, pasando por la negativa a querer ser madre, la educación sexual, los matrimonios de conveniencia o la cultura de la violación. Claro que esa mirada distinta a lo mejor no es tan inventada, a lo mejor la generación de “las sin sombrero” ( Rosa Chacel, Angeles Santos, María Zambrano, Maruja Mallo…) que explosionó en la república se educó en una residencia parecida y tuvo maestras similares que supieron enseñarles el camino. Y digo a lo mejor pero en realidad estoy casi seguro de que en la república hubo una generación de mujeres que pudo cambiarlo todo y la dictadura no les dejó ni un recuerdo que ahora, con esfuerzo loco, hay que ir dando lustre y volviendo a revitalizar. Que se lo digan a María Moliner, que ni a la RAE pudo entrar ya pasada la dictadura…

Esa otra mirada es la verdadera revolución de la serie y todo un hallazgo que en las tramas parece no acabarse nunca el potencial. Un repaso tan brutal que debería ser una serie que emitieran en los institutos por lo que tiene de pedagógica y de promover el debate de temas que no pueden ser más candentes (el solapamiento del juicio por violación en la serie con la sentencia de La manada ha sido casi cosa de brujería). Y no te creas que sermonea, porque está contada sin renunciar a una carga emocional que va aumentando a cada capítulo, haciendo una narración más profunda y poderosa (la frustrada historia de amor lésbico con una Cecilia Freire desatada, es una buena muestra de ello). Claro que todo el mundo no va a entrar en ese juego (la serie es maravillosa para detectar a machirulos y pollaheridas que la critican sin piedad) pero si entras, la disfrutarás con éxtasis y frenesí.

La ambientación es impresionante, la recreación histórica, la banda sonora, el vestuario, peluquería y la fotografía, una pasada. Y todo se sostiene por un reparto coral  que debería llevarse un premio por su labor conjunta. Monstruas como Ana Wagener (¡Pero cómo se merienda la pantalla esta mujer!) Cecilia Freire, Macarena García o la protagonista de todas las tramas, el personaje que lleva esa otra mirada a las mujeres de la residencia de hace cien años y que interpreta Patricia López Arnaiz (actriz a la que no tenía fichado y me tiene loquito de amor). Y encima Gloria Muñoz haciendo el papel de cabronaza, que tan bien se le da.Aún es más impresionante el elenco de alumnas, jovenes semidesconocidas y que están todas para llevárselas a casa. Tengo clarinete que de este grupo de chicas va a salir la próxima generación de actrizonas que nos deleitará con sus interpretaciones en las próximas décadas y se llevará todos los premios…¿Apostamos? Apunten los nombres que aquí hay una cantera de talento: Begoña Vargas, Lucía Díez, Carla Campra, Paula de la Nieta,  Abril Montilla y Elena Gallardo

Y no quiero acabar sin acordarme del personaje Ramón, otra sorpresa pelirroja interpretado por un semidesconocido JuanLu González y que espero ver mucho en series y en cine ya que en mi cama, por desgracia, dudo mucho de que lo vaya a ver, pero con las ganas me quedo, por guapazo y tierno y por esas miradas que derriten hasta el hidrógeno líquido.

Sus escenas con Teresa hacen que de la pantalla salten chispas y hay tanta química y tanta física entre los dos personajes que se ha hecho eterno el momento en que se dan, por fin, un beso.

La serie, que compite en un día tan difícil como los miércoles, ha sabido mantener una audiencia fiel pero escasa y ahí está el reconocimiento a una tele pública que la ha sabido dejar en su sitio sin marear al espectador. Está a punto de acabar (¿Habrá segunda temporada?) y sólo me queda animarte a que te unas al club de fans antes de que se la lleve Netflix y un día descubramos que está siendo un bombazo en medio mundo, mientras aquí la miramos con desdén. Justo lo que le pasó a La casa de papel.

 


Sobre el autor

MM

Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente.