¿Acceso restringido o jornada de corazones abiertos?

«El acceso al cuarto de baño está restringido. Únicamente se permite la entrada a los señores clientes», rezaba el cartel en la puerta de aquel bareto de mala muerte (pero muy educado, eso sí). Cuando salí, pensé que era justo lo mismo que le pasa a mi corazón, que tiene acceso restringido, digamos, a los moradores, porque clientes suena como si fuera chapero y eso por ahora no.

No sé exactamente en qué momento empecé a ser una persona que restringe ese acceso, pero imagino que fue cuando, harto de que los hombres entraran y salieran a sus anchas de mi vida, caí en la cuenta de que no me apetecía ser más un hotel con huéspedes que, en vez de propina, dejaban por todas las esquinas una mugre llamada decepción que ni con lejía.

Es algo así como cuando alguien desaparece de tu vida de la noche a la mañana. De repente, el flash de la cámara del fracaso salta y te dispara en toda la cara… Al principio te quedas medio ciego y algo mareado, sin embargo, continúas viendo el círculo blanco del flash como si estuviera ahí, en la punta de la nariz. Finalmente, todo vuelve a la normalidad; todo desaparece delante de tus ojos desvaneciéndose sin que puedas hacer nada. Y, encima, en la foto, sales con cara de gilipollas.

O como cuando alguien deja de dar señales de vida hasta el día de hoy, que te sientes como la huella de un pie en la arena de la playa, esperando a que venga una ola y la borre del todo. Con un dedo miras a la izquierda y con el otro a la derecha, pero sabes que, al final, la ola te va a arrastrar hacia quién sabe dónde, y tú, simplemente, te dejas llevar por el mar de la incertidumbre.

O como cuando alguien se convierte en humo con tanta facilidad que te preguntas de qué ha servido todo el esfuerzo invertido; si no habría sido mejor apagarte la colilla en la piel desde un primer momento. Total, sabes perfectamente que, al final, todo cicatriza y que existe un maquillaje llamado autoengaño que hace maravillas. Te lo pones, te miras en el espejo y te ves con la misma cara de palurdo mientras esperas a que el puto flash aparezca de nuevo. Así que, por todas estas cosas y más, colgué el cartelito de restricción, y así me va, que no entra ni la limpiadora.

En el otro extremo están aquellas personas que carecen de ese acceso restringido, siendo su corazón un felpudo pisoteado de tanto entrar y salir y donde hay que frotarse bien los zapatos para dejar toda la mierda de las suelas. Acto seguido, levantas el felpudo y lo echas todo por el ventrículo izquierdo; directo al interior, donde se acumulan todas las historias que hacen que te sientas menos solo. Y no me refiero a los que se acuestan con mucha gente, no… Me refiero a aquellos que se enamoran a la primera de cambio; esos a los que cualquiera les sirve para salvarse del naufragio. Aquellos que, en vez de pulmones, tienen un libro de visitas de un hotel antiguo desplegado por la mitad y abierto a recibir a quien sea.

A veces echo de menos ser ese tipo de persona que no restringe tanto, porque hay ocasiones en las que el eco de mis pisadas por casa suena tan fuerte que me tengo que tapar los oídos… Y es que un baile de claqué suena bien y es divertido, pero ¿y un tango? Un tango siempre es mucho más divertido.


Sobre el autor

Antonio Sánchez Bejarano

Navego por mis abismos internos en busca de una salida. También cuento historias en primera y en tercera persona; reales o inventadas. ¿Qué más da? Son historias, al fin y al cabo, que es de lo que estamos hechos.