Érase una vez en Storybrook

El día 18 de mayo acabó “Érase una vez” (Once Upon a Time en versión original). Bueno, acabó de que los de ABC decidieron que no siguiera agonizando, porque desde hacía varias temporadas que ahí ya no había nadie al volante. La serie iba cuesta abajo y sin frenos desde que metieron con calzador a Elsa y Anna, las de Frozen. Pero esa es otra historia.

El caso es que, desde el 18 de mayo, decimos adiós a Regina, the Evil Queen, y a todo su séquito. A Blancanieves. A Cenicienta, a Tiana, a la bruja del Oeste. A Alicia, a Yasmine, a Aurora, a Maléfica,… Y también a las maldiciones dentro de las maldiciones, a los besos de amor verdadero que nunca son cis hetero. Al shippeo lésbico entre Regina y Emma Swann. Al psiquiatra Pepito Grillo. A CaperucitaquetambiéneselLobo. A Rumplestinskin que es Bestia y el Cocodrilo y el viejito de Up. Todo a la vez.

Cierto es que, como ya he dicho, la serie perdió el rumbo hace muchos episodios. Pero la perversión de los cuentos que nos ha dado esta serie ya la querrían muchas telenovelas sudamericanas. Desde que Peter Pan fue el padre del Cocodrilo (repito, que también era la Bestia y el viejito de UP, que además era Rumplestinskin, que convertía la lana en oro; un locurón, vamos). Desde que la bruja del Oeste (The Wicked Witch of the West, la precursora de Internet) era hermana de la Reina Mala. Desde que todos los malos tenían un origen bueno y eran víctimas de las circunstancias -menos Cruella de Vil, esa era una hija de la gran puta desde que nació, qué maravilla.

Desde que Hades estaba debajo del pueblo y Hércules era amigo de la infancia de Blancanieves. Desde que Úrsula era una sierna. Vamos, desde la segunda temporada de la serie, más o menos, estaba condenada al fracaso. Y, sin embargo, era una especie de droga dura, con giros de guión inverosímiles y diálogos enrevesados para acoplar historias que no podía dejar de ver.

Tras agotar con seis temporadas el hilo de Emma Swann, la elegida, la hija de Blancanieves y el príncipe Encantador (Encantador de apellido, que es algo que me resultó siempre fascinante); los guionistas rizaron un poco más el rizo y trajeron una nueva maldición a Seattle. Les ha ido bastante mal, pero han podido cerrar la serie de una manera mínimamente decente. Nos ha permitido despedirnos de todas las princesas, de todos los secundarios, de todas las malas malísimas y, sobre todo, de todos los buenos buenísimos.

Porque con esta despedida, decimos también adiós a Encantador.

Y a Robin Hood

Y a Jack, el de las judías mágicas.

Y a Pinocho.

Y a Aladdin.

Y, sobre todo, decimos adiós a Hook, el capitán Garfio, el pirata de nuestros sueños.

No queda mucho más que decir. Adiós a los cuentos de hadas. Adiós a todos los chulazos. Espero que seáis muy felices y os infléis a perdices.


Sobre el autor

Flanagan R. McPhee

Iba para Reina de la Noche pero se me adelantó Letizia.