Concierto de Slowdive en Madrid

Esperada visita la del quinteto británico a Madrid, para presentar el que ha sido uno de los mejores trabajos del pasado año, y no había entregado material nuevo desde aquel “Pygamlion” en 1995. Se les perdonó porque los que se fueron, formaron parte de la gran banda Mojave 3. Pero, sin otras excusas que las que olvidar un pasado más que remoto, afrontaron un directo donde poner a prueba su contundente demostración de fuerza; donde el shoegazing quedara bañado por una lluvia de estrellas tintineantes de dream-pop. Todo esto, sumergido en unas imágenes acuosas, manchas de colores, otras caleidoscópicas y del grupo en blanco y negro en el directo, que hacía que el ambiente fuera, (si cabe), aún más astral.

Queda patentes de su sonido, el muro de guitarras de una “Star Roving” brutal, arañando los sonidos y desgarrando unas melodías que arriman la década de los noventa a dos mil dieciocho revoluciones por minuto. El clásico instantáneo de la nueva imagen de una banda, que ronda el slowcore en otra belleza llamada “Sugar for the pill“, que podrían cantar Low si les viniera en gana. Pero pocos más.

Muchas veces no sabes si es que estás predispuesto a encontrarte con gran concierto, con eso de que te guste tanto el álbum y la visita del grupo ha sido tan esperada, de verdad, dejándote imbuir de ese ambiente tan etéreo, y caer rendido a las primeras de cambio. O, por el contrario, se han cumplido con creces las expectativas.

Tan bien es cierto que la voz de la cantante del grupo, Rachel Goswell, no es la mejor arma de la banda, aunque sí marca de la casa como rúbrica de los sonidos que les caracterizan. Eso tonos susurrantes y el simple acompañamiento de voces y coros al contexto del todo como engranaje para crear ese universo. Lo mismo, por otra parte, ocurre con otros grupos similares, como esos estupendos Radio Dept., por no volver a nombrar a Low; porque cuando Mimi Parker abre la boca el mundo enmudece.

 

El concierto de Slowdive fue un evidente tratado de elegancia y talento, arropado por un estupendo sonido, a veces (muy pocas veces), atronador. Han renacido cuando más se les necesitaba. En un tiempo donde nadie hacía caso de ritmos cercanos al slowcore, sabiéndose dueños de los parabienes que pueden crear unas canciones de un grupo con un pasado respetable.

Su directo, o te gusta desde el principio o te puede dejar descolocado o, más bien, saturado. Por el contrario, el seguidor incondicional no quedará defraudado ante la buena forma de la banda, que recorren las más de dos décadas que han pasado ocultos como si el tiempo se hubiese detenido ante ellos. De mientras, otros tantos de su generación, paniaguados en un camino sin retorno, han comido menos terreno a unos Slowdive que se han ganado un trocito de su (particular) universo, para poder compartirlo con nosotros. 22 años y comenzamos a contar los segundos para que piensen en no alargar mucho la espera en siguientes entregas. Mirando al cielo.


Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.