Pensamiento único

Un día cualquiera te levantas y te preparas para una jornada laboral más. Te duchas, te arreglas, te pones un café. Te lavas los dientes. Sales de tu casa, coges el coche y soportas pacientemente el atasco de la entrada a la ciudad mientras escuchas la radio. Están hablando de alguna de las memeces actuales, pongamos unos cuantos ejemplos: el movimiento #YoTeCreo, o el #MeToo, o la monserga del lenguaje inclusivo y los pronombres neutros, o la huelga feminista del ocho de marzo. Te indignas: la de cosas importantes que hay en esta vida, la economía sin ir más lejos, o lo de Corea del Norte, y la gente se dedica a marear la perdiz con estas nimiedades. Te sorprende que estas campañas tan machaconas salgan de la nada, cojan ímpetu y te den la brasa, a tí que nunca te has metido con nadie, que nunca has hecho daño a una mujer, que amas y respetas a tu madre y a tus hermanas, que sigues haciendo tu vida normal como siempre. Luego, en el descanso del café, lo hablas con tus compañeros y alguien, tal vez incluso tú mismo, denuncia la oleada de pensamiento único políticamente correcto que está asfixiando la sociedad. Cuánta razón hay en esto, piensas.

Te acaban (te acabas) de meter un gol por toda la escuadra. Acabas de ser engañado, muy probablemente por ti mismo.

Es cierto que en lo que llevas de mañana has estado expuesto varias veces a los peligros del pensamiento único, pero no cuando tú crees. Ha sido justo en esos momentos en los que no has notado que haya pasado nada digno de mención. Esa es la gracia y ese el peligro del pensamiento único. Un ejemplo de pensamiento único: vivimos habituados a pensar, sin cuestionárnoslo un minuto, que mover una máquina de ochocientos kilos mediante explosiones controladas de combustible fósil, todo para llevar al trabajo a una persona que pesa diez veces menos, es algo totalmente lógico. Al fin y al cabo, todo el mundo lo hace. Incluso la enorme mayoría de ecologistas no ve ninguna contradicción en seguir manteniendo un estilo de vida que es causa directa de la contaminación que cada año mata a quince veces más personas que todas las guerras que hay en el mundo (curioso que este dato lo aporte la campaña publicitaria de una marca de coches). Eso es un pensamiento único. Incluso el hábito del café de la mañana puede ser considerado un tipo bastante inocuo de pensamiento único. Pero el ejemplo inicial, ese motivo de conversación de café que tan librepensador, tan listo y tan persona de espíritu crítico te ha hecho sentir, es justo lo contrario.

Un pensamiento único, tal y como fue introducido el término por Schopenhauer, es una unidad lógica independiente, es decir, autocontenida. Pero ya nadie utiliza esta definición de pensamiento único fuera de las facultades de Filosofía. Más cercana al sentido actual que le solemos dar al término es la definición de “pensamiento unidimensional” (que posteriormente acabó llamándose también pensamiento único) de Marcuse, según la cual este tipo de pensamiento es “un discurso que está poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados”. Es decir, un mantra de “las cosas son así porque son así y no son de otra manera porque son así” que se ha repetido tantas veces y de forma que al final ya no hace falta repetirlas: la mayoría las asumimos como algo natural. Las cosas son así, ¿no? Porque todo el mundo sabe que son así. Y, por lo tanto, son así. Y no pueden ser de otra manera, porque por algo son así. Así son las cosas.

Sin embargo, al término “pensamiento único” le ha pasado lo que a tantas otras palabras manoseadas. Se ha devaluado, se ha pervertido, y en muchas ocasiones ha acabado adquiriendo exactamente el significado contrario al que realmente tiene. Hoy en día, la mayor parte de las veces que alguien critica algo diciendo que es fruto del pensamiento único, lo que en realidad está haciendo es manifestar su disconformidad con un pensamiento diferente… al suyo, claro.

Esto es algo deliberado. El caso del pensamiento único es un ejemplo de manual de una estrategia política de probada eficacia: la de la apropiación e inversión. Esta estrategia, utilizada ampliamente (y con gran éxito) desde ambos lados del espectro político, consiste en escoger un elemento habitual del discurso del bando rival, apoderarse de él y devolverlo con el significado opuesto. Esto por un lado debilita el discurso rival y por otro distorsiona el espacio de debate, creando confusión y áreas semánticamente grises. Con la suficiente habilidad, es posible privarle al oponente de una de sus armas o incluso, en el mejor de los casos, emplearla en su contra. Un ejemplo de este tipo de estrategia es la apropiación de la palabra “maricón” por el movimiento gay: convertir uno de los peores insultos que solía haber en nuestra lengua en una palabra asociada al orgullo y que jocosamente, muchas veces con cariño, nos decimos unos a otros, es un triunfo que no tiene nada de balalí.  Hoy en día, alguien que para insultar sólo se le ocurre recurrir a la palabra maricón da más pena que otra cosa.

Con “pensamiento único” ha pasado exactamente lo mismo. De ser una denuncia del sistema utilizada fundamentalmente por pensadores progresistas, se ha convertido en un comodín para conservadores que quieren que se les permita seguir siéndolo, pero sin dejar de estar a la moda. Uno de los primeros conservadores en realizar con éxito la apropiación e inversión de “pensamiento único” fue Nicolás Sarkozy. Aquí en España una de nuestras mejores tergiversadoras, Esperanza Aguirre, se ha convertido en una gran experta en el uso invertido del término. La táctica es sencilla: si un tema objeto de debate público es molesto, basta con ponerle la etiqueta de “pensamiento único” para desactivarlo y denostar a sus defensores, sin la incómoda necesidad de aportar argumentos. La lista de problemas a los que he oído referirse como “tiranía del pensamiento único” en los últimos años incluye el cambio climático, los derechos de lesbianas y gays, el feminismo, la sostenibilidad ambiental o la lucha contra el maltrato animal, por poner solamente unos ejemplos.

Utilizar el comodín del pensamiento único es una jugada redonda. Por un lado, quien lo emplea está restando seriedad al argumento al que tilda de pensamiento único: deja de ser una proposición que deba rebatirse y se convierte en un espejismo mental propio de mentes débiles. Ya que, en segundo lugar, al usar el comodín se está anunciando de forma implícita que se es más inteligente que quienes no se están dando cuenta de la trampa del supuesto pensamiento único. Es decir, recurrir al pensamiento único permite matar dos pájaros de un tiro: desprestigiar el argumento opuesto sin necesidad de pararse a rebatirlo, y colocarse por encima del interlocutor. Un chollo. No es de extrañar que cada vez esté más de moda decir que criticas un pensamiento único cuando lo que en realidad quieres decir es que no estás de acuerdo con algo.

Lo que dice: Estoy en contra de la tiranía del pensamiento único de quienes alertan de los peligros del cambio climático

Lo que en realidad pretende transmitir: “El cambio climático es una idiotez que no merece ser discutida y en la que solo creen los tontos, sobre los cuales me elevo virtud a mi preclara inteligencia”.

El objetivo de apropiación e inversión ha tenido un éxito tal que nos ha convertido a todos en víctimas: la mayor parte de las veces que alguien (incluidos nosotros mismos) utiliza el término “pensamiento único” lo está haciendo mal, lo cual nos hace un flaco favor. Abusar del ad unicum puede fácilmente hacernos quedar en ridículo.

Hay unas sencillas reglas prácticas que nos pueden ayudar a identificar si algo es o no un pensamiento único. Ante cualquier situación en la que escuchemos o nos sintamos tentados de utilizar este término, conviene reflexionar:

  • El pensamiento único es monopolístico. Si hay una minoría intentando cambiar el pensamiento de una mayoría, por definición el pensamiento único (si es que se está dando) es el de la mayoría, nunca el de la minoría.  Es perfectamente posible que la minoría esté equivocada, en cuyo caso su pensamiento será erróneo, pero no se puede decir que sea pensamiento único en el sentido marcusiano. No se puede utilizar el comodín.
  • El pensamiento único se interioriza. Lo más frecuente es encontrarlo ya cómodamente instalado dentro de nuestras cabezas. Si alguien está intentando cambiar una opinión que has tenido desde siempre, lo más probable es si hay algún tipo de pensamiento único en juego éste se encuentre en tu idea antigua, no en la nueva. Especialmente si aquella coincide con algo dado por hecho tradicionalmente en tu ambiente social o familiar. Tampoco en este caso se puede utilizar el comodín.
  • El pensamiento único es silencioso. Las repeticiones incesantes de las que se nutre y mediante las que se mantiene forman parte de la normalidad de la vida cotidiana; rara vez un pensamiento único requiere de eslóganes estridentes ni de campañas de publicidad. No los necesita. Si hay algo que está haciendo mucho ruido social últimamente, es muy raro que provenga de un pensamiento único. ¡Fuera el comodín!
  • El pensamiento único tiende a mantenerse a sí mismo. Lleva inercia. Está engranado en el transcurso habitual de las cosas. Si algo necesita de medidas extraordinarias (manifiestos, huelgas, concentraciones, campañas de sensibilización, etcétera) es poco probable que provenga de un pensamiento único. Otro caso en el que el comodín es una pésima idea.
  • El pensamiento único es normativo. Al ser omnipresente, repetido silenciosamente e interiorizado, rara vez resulta chocante. Si alguna te rechina, te sorprende o te ofende, es raro que provenga de un pensamiento único. Nuevamente, a la papelera con el comodín.

Tenemos todos una tendencia muy peligrosa a creer que el pensamiento crítico hay que ejercerlo hacia afuera, es decir, que hay que dudar de las ideas y creencias que se nos presentan en un momento dado. Y es cierto que hay que someter siempre a crítica las afirmaciones ajenas. Pero solemos olvidarnos de la otra parte, tan importante como la primera o más aún: el pensamiento crítico tiene que dirigirse también hacia adentro. Las creencias falsas y los pensamientos erróneos más dañinos suelen ser los propios, porque al fin y al cabo son los que dictan nuestras acciones, y la mayor parte de las veces ni siquiera somos conscientes de que están allí. Es en ese terreno, el de las nociones automáticas que desde críos nos han acompañado y que no nos hemos parado nunca a pensar de dónde vienen, en donde vive el pensamiento único, y no en las voces de un grupo de activistas que te llevan la contraria.

 


Sobre el autor

El Cientifico Loco

Siempre he querido ser un doctor maligno... pero el alquiler de bases secretas en islas con forma de calavera está por las nubes últimamente