Mount Olympus: crónica post-resaca

A estas alturas de la semana ya tienes que estar saturado de ver, leer y oir todo lo que se ha dicho sobre la monumental obra de Jan Fabre: Mount Olympus. Pero es que si no lo cuento reviento, así que te queda otra más, de reportera atroz:

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Conocía la obra de hace tiempo, cuando se estreno fuera de España y ya me pareció un desproposito estar 24 horas continuadas en un teatro, pero un desproposito bueno, de esos que te pican la curiosidad y te dan ganas de saber más. Cuando vinieron a Sevilla, la envidia me corroía, sobre todo por que fueron amigos míos y a la vuelta parecían las pastorcillas que vieron a Lourdes. Así que en cuanto el teatro del Canal anunció que los traían, agarré el casco, me salté unos cuantos semáforos y allí que me presenté a comprarme mi entrada…. de eso hace ya como… unos 6 meses creo.

Y menos mal que hice más piruetas que una china del circo del sol, porque las entradas: 800!!! se agotaron en cuestion de horas. Así que más feliz que Terelu en una churrería, me volví a casa con mi entrada que ha estado enmarcarda en la puerta de la nevera, junto a las ofertas del día y mi plan de dieta: cómo tener el cuerpo de Ana Obregón en 3 días.

Pero por circunstancias de la vida, resulta que el día que empieza todo el cachondeo a mi me toca trabajar… y no aquí al lado, vamos, que si la obra comienza el 12 de enero a las 19:00; yo estoy ese mismo día y esa misma hora cogiendo un avión desde Lima rumbo a Madrid… me entró el parraque… ¿ahora qué hago? ¿vendo la entrada? ¿la regalo? ¿me la quedo y me hago un escapulario?… y os puedo segurar que podría haber sacado una pasta por que días antes del evento facebook e instagram echaban humo y me ofrecieron varias veces su valor original.

Pero no, decidí que si mi avión aterrizaba a las 13:00 horas en Madrid, al menos me daba tiempo a ver las 6 últimas horas de espectáculo que ya es… Pues no, salimos con retraso, una hora. Al llegar, me dejaron encerrado en el avión, media hora, salí corriendo al control de pasaportes, que el policía me vió con cara desquiciado y por poco no me hacen un tacto rectal a ver si traía una llama de contrabando. Cojo la maleta en un suspiro, pillo un taxi, por el camino voy mensajeandome con los amigos que llevan desde el día anterior y que me han ido informando de todo durante el vuelo (Gracias a los dioses que ya hay wifi en los aviones) llego a casa y decido si me ducho o no, total, los que están allí llevan las mismas horas que yo sin pasar por remojo… pero no, me doy un agua, pillo otro taxi, por que en Madrid diluvia y mi plan de hacer piruetas con la moto se ha ido a tomar viento. Me meto en un taxi, que escucha la cope, le pido por favor bendito que me lleve lo más rápido al teatro, y me dice que no sabe donde está! GPS AYÚDANOS!!!, la japuta del gps prefiere que vaya a Cuenca y empieza a dar vueltas como loca, al final termino guiando yo al taxista, cuando por fin llego me dice: “Ah, aquí es lo de la orgía” y ahí me quedo muerto.

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Salgo del taxi, no sé por donde se entra, son casi las 15:00 encuentro a zombies en la calle fumando, en la cafetería algunos amigos comen algo con unas ojeras como mapaches, ahí me sentí identificado, pero sonrien, por fin encuentro a una chica del personal del teatro, super amable, no sé cuántas horas llevará aquí, pero me explica todo, me pone la pulsera como una festivalera y me lleva hasta otra compañera que me introduce en la sala: En el escenario empieza “Medea” mi corazón empieza a palpitar de la emoción, mi sitio está ocupado, no importa, todo el mundo ha ido cambiando de lugar durante las horas que llevan, me siento en fila 5, puedo oler la humanidad del teatro, de los actores, bailarines, Medea sostiene un cuchillo ensangrentado con su mano derecha, que levanta a cámara lentísima durante… no sé, he perdido la noción del tiempo, estoy en paz, tranquilo mirando la cosa más bella que he visto en mucho tiempo: río, me emociono, estoy al borde del llanto, no importa las 12 horas de vuelo, el estres hasta llegar aqui, estoy aquí, me dejo llevar.

Jasón al borde del vómito le recrimina a una Medea hierática la muerte de sus hijos, todo es excesivo, él al borde del colapso, ella fría. Cuando abre la boca el silencio es brutal, lo que dice, cómo lo dice… me deja clavado en el asiento. No hace falta más, esto es teatro en estado puro.

Continúa la función, no sé que hora es, quiero ir al baño pero no me perdono perderme ni un segundo de lo poco que voy a ver en comparación con el resto de la gente. Viene la ocupante de mi sitio, disculpa, voy a buscar el mio, de nuevo el personal del teatro acude, amabilísimo y me lleva hasta mi localidad, que también estaba ocupada, pero no hay tensión, todo es de un respeto místico, al llegar a mi sitio, el chico de la butaca de al lado, se levanta y me da un abrazo, no lo conozco, pero me gusta, siento que me da la bienvenida al grupo, no sé como explicarlo.

Antígona, tres actrices, tres idiomas, tres cadenas y esas mujeres en un equilibrio doloroso repitiendo “vuestras leyes no significan nada” a tres hombres que las sujetan con esas cadenas que las pueden hacer caer en cualquier momento.

Hay sangre, hay vísceras, un coro de plañideras se golpea el pecho con trozos de carne ensangrentada, qué buena imagen para expresar el dolor de un pueblo que sufre. Hay humor, hay dolor, mucho dolor, pero así es la tragedia.

La música, los sonidos me invaden, los olores, puedes sentir las hojas que caen, la montaña de tierra que se desprende del techo del escenario y que levanta una nube de polvo que llega hasta el patio de butacas. El aceite de oliva con el que bañan sus cuerpos los actores y actrices para tener una lucha de amor y odio. Los hueles, están ahí.

Se acerca el final, se presiente, el público grita, mi compañero de asiento se levanta como con un resorte y yo me dejo llevar, grito, salto, bailo. El dios baco, dorado y con sobrepeso, exuberante, lujuriososo y con ganas de más, increpa al público, los hace vibrar, estamos al borde del éxtais: catarsis.

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En escena todos están al límite de sus fuerzas, llevan 24 horas de actividad física, son incansable, pero corren y corren, mientras les cae tierra, pintura, aceites, purpurina, arena… pero ellos corren y gritan, y surge el mantra: “y ahora dadme todo el amor que tengáis”.

Comienzo a gritar yo también, a bailar, aplaudo hasta que me duelen las manos pero no puedo parar, ninguno podemos parar. La ola de aplausos va cediendo para oir a los actores en escena que siguen corriendo, y de nuevo el mantra, y de nuevo la gran ola de gritos y aplusos durante minutos, y así una y otra vez, hasta que Baco de nuevo se adelanta a proscenio y nos habla, y nos da un mensaje para el futuro:

“Recupera el poder. Disfruta de tu propia tragedia. Respira, solo respira. E imagínate algo nuevo”

Todo termina, no puedo parar de aplaudir, ¿cuanto llevamos, 10, 15 mintuos…? no lo sé, no importa, no sé que hora es, sonrío, grito, el publico canta como en un estadio de futbol, ellos salen una y otra vez a saludar. Decido que ya tengo que irme, dejo a los actores en escena y al público que continúa gritando bravo, bravo, bravo… yo estoy afónico. Dejo el teatro dándo las gracias al personal, qué profesionalidad. En la salida me encuentro con Álmodovar que espera su coche, me sonríe complice: “hasta luego” 

Salgo a la calle, cojo el teléfono y empiezo a llamar a todo el mundo, tengo que contarlo, pero no sé como explicarlo, sólo sé que algo así no lo había vivido nunca, que me arrepiento de haber podido estar las 24 horas, pero da igual, sólo respiro y voy a imaginar algo nuevo.


Sobre el autor

Flor de Pavimento

Cuando no sepa qué hacer, me sacaré una teta.