De cómo hacer un tostón, una locura y una buena película

Yorgos Lanthimos es un director de cine y teatro griego, de 44 años, que lo conocen en los círculos del “sancta sanctorum” del Festival de Cine de Cannes, en su casa, y demás eventos de cine europeos; donde sus películas, tratadas como géneros de estreno mundial, pueden enarbolar la bandera de “películas de culto” y, a otros de nosotros, nos pueden parecer ladrillos lapidarios insoportables. Me ocurre lo mismo con un director de cine que, (a ver si lo escribo bien), se llama algo así como Apichatpong Weerasethakul, y hace pelis donde aparecen fantasmas con ojos rojos tras los árboles allá en Tailandia -¡toma ya!. Entre los dos han ganado todos los garbanzos de plata en más de la mitad de festivales de toda Europa. Si en la próxima película del tailandés aparece gente rara pisando setas alucinógenas o se llama algo así como “El olor de la caléndula”, no contéis conmigo para verla.

Pues el griego, hizo una peli que se llamaba “Canino” de la cual vi veinte tediosos minutos, tras la cual salí corriendo a mirar a ver si algún diccionario sobre Tarkovski podía entender algo. Y otra que se titulaba “Langosta”, que iba de algo así como que en un hotel o lugar raro, un hombre se creía una langosta y otra una rana, o algo parecido. A partir de ahí, tiré el diccionario de Tarkovski a la basura y me compré otro de Mindfulness.

Y yo, como me creo muy valiente y no me doy por vencido, aunque me pongan delante una película de Godard y me obliguen a escribir en diez líneas de qué narices ha tratado lo que he visto, pues me acerqué a ver lo último de Lanthimos. Porque pinta no tenía mala y el tema me parecía interesante. Y, esta vez sí, no hay peros que valgan. “El sacrificio de un ciervo sagrado” es una película bien narrada; donde en su primera hora los personajes parecen perdidos en un mundo alambicado, de conversaciones frías, casi exasperantes, y donde (inteligentemente por parte de su director) no parece saberse dónde van a parar. El desarrollo frío y calculador de la primera parte se convierte en una película comercial (si lo entendemos por la razón de que no hay espectador que no se quede pegado a su butaca), donde el desasosiego produce un ardor que deja helado. A partir de ahí el largometraje se convierte en una agobiante trama, de angustia progresiva, donde sus dos personajes principales (y sus dos hijos), quedan atrapados por la excelente actuación del gran actor del año. Barry Keoghan, es un actor de, atentos ahora, 25 años, que borda su papel; con una cantidad de matices que producen un pánico tremendamente incómodo, realizando así una actuación mayúscula. Ha conseguido que no echemos de menos este año a todo un Michael Haneke y que miremos, -casi-, de tú a tú a una obra maestra: “Funny games”.

Con múltiples lecturas, el clímax del trabajo es una secuencia agónica, donde finalmente triunfa el dejarse llevar ante un mal contra el que nada se puede hacer.

Lanthimos se afianza como un gran director de actores con esta excelente película; sobre todo de actores jóvenes, por supuesto. Ha realizado la mejor película de suspense del año. Y, por ello, muchos de nosotros, le seguiremos la pista de ahora en adelante.

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Sobre el autor

Ángel Del Olmo

Donostiarra de nacimiento, madrileño de adopción. No me aburro (sólo huyo) porque, como decía Leolo -porque sueño, yo no lo estoy-.