Cuando el amor no tenía nombre

Hoy comienzo una serie de relatos que nacen inspirados en fotos vintage con un toque homoerótico. Imagino las vidas de hombres sin nombre para hablar del amor homosexual cuando no podía ser nombrado.

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                                                                                 ALAN Y TIM

La primera vez que padre me rompió la nariz, supe que me iría lejos para siempre. Antes de aquel día, nunca me trató bien. Me tiraba lo que tuviera a mano, no importaba su dureza. Me insultaba, me llamaba bujarrón, me daba puntapiés por el simple hecho de pasar cerca de él en la cocina. Todo en mí parecía molestarle. Convertidos en actos cotidianos, la rutina me había enseñado a saber sobrellevarlo. Sin embargo, la nariz rota era cruzar una roja línea sangrante .El golpe  me dejó sordo y sin apenas ver. Sus palabras “Que feo eres, joder”, resonaban  en la campana hueca en la que se había transformado mi cabeza. Padre había convertido la puta frase en el mantra con el  que siempre iniciaba cualquier conversación conmigo;”Que feo eres, joder”.  Me encerré con pestillo durante horas y hasta que Matt no volvió de la fabrica, estuve sangrando. Debió ver la casa pintada con mi sangre y siguiendo su rastro, llegó a mi cuarto. Le dio una patada a la puerta al notarla cerrada y cuando me vio en la cama, su cara de susto me avisaba de que mi rostro no debía andar muy admirable. Me tomó en brazos y cuando corriendo me llevaba a la camioneta, le gritaba a padre “¡ Hijodeputa borracho de mierda! ¡Algún día pagarás por todo ! ” Pero nunca pagó.

Matt se casó y yo me quedé solo con padre que cada vez me pegaba más. Sin los estudios más básicos, sin ser muy listo, siendo tan feo, sólo había una vía de escape para mí. Como a padre le gustaba recordar a cada ocasión, nadie le daría trabajo a un pobre desgraciado y palurdo que solo había estado en la ciudad una vez. Así que lo tuve claro y preparé todo para la noche de mi cumpleaños. No cogí una maleta porque no hubiera tenido apenas nada con qué llenarla. Ni siquiera había maleta alguna en casa. Me fui solo con la cartera, lo poco ahorrado y una foto de madre. En ningún momento tuve miedo. En ningún momento quise volver la cabeza para fijar el recuerdo de la casa y el jardín de maleza que la rodeaba.

No tuve problema en que me admitieran en la marina. Ni fue difícil aprender a vivir en un barco. Los primeros meses de formación estuve a punto de sucumbir varias veces, pero solo imaginar la cara de padre al verme regresar fracasado me daba fuerzas. Muchos días me sangraron las manos por usar las cuerdas. En otras ocasiones resbalé por cubierta de bruces con alguna pared del buque. Pero pensaba en mi padre y me olvidaba del dolor. Era un dolor que no dolía .Lo duro vino después. Estaba tan empeñado en que me dejaran tranquilo que hice todo lo posible por pasar desapercibido y no llamar la atención. Tanto, que durante el primer año, no hice amigos. No recuerdo rostros, ni nombres. Estaba rodeado de jóvenes como yo, que huían como yo y posiblemente se sintieran tan terriblemente solos como yo. Porque yo me sentía tan solo que dolía y ese sí que era un dolor contra el que no sabía luchar. Fui pasando de un buque a otro hasta que por fin acabé en el Nebraska.  No era muy grande pero sí espacioso y con un algo cómodo que nunca había disfrutado en otra nave. El capitán era un buen hombre, diría que justo. No era tan habitual encontrar en la marina a un cargo así. No puedo decir que fuera feliz, ni era un trabajo que disfrutara, pero me daba dinero que fui ahorrando porque apenas gastaba y me hizo conocer muchos sitios distintos. Conocí ciudades pero nunca a gente y sentía que la soledad me estaba matando lentamente.

Mi primer compañero de camarote en el Nebraska se llamaba Walt y era de una granja perdida entre las montañas. También estaba loco, pero eso lo supe más tarde. No me explico como llevaba más tiempo que yo en la marina y ningún superior se había dado cuenta de que estaba mal de la cabeza. Observé que en público era capaz de aparentar normalidad, pero a solas o en el camarote dejaba escapar su lado más desquiciado. Tenía un arsenal de manías sin justificación y su visión del mundo era apocalíptica y llena de conspiraciones sin sentido. Cada día encontraba a algún compañero de la tripulación a quién odiar y hacerle la vida imposible. El primer día que me lanzó una bota, la esquivé. También supe contener la rabia que me explotaba por la nariz y agarrarme a las mantas por no agarrarlo a él.  La apestosa y deslucida bota me llevaba a años atrás, años de los que había huido y a los que no estaba dispuesto a volver. Atracados en el puerto, una noche volvió borracho y mientras se desvestía me llamó maricón. Dijo que me había descubierto mirando a los otros marineros en las duchas. Las palabras podía aguantarlas, pero otro lanzamiento de bota, no. Cuando desde su cama me lanzó la bota derecha, salté del catre y me lancé a su cuello. No creo ser más fuerte que él, pero iba borracho y lo tuve fácil. Casi lo mato. Al día siguiente le pedí  al capitán que me cambiara de camarote. Lo intenté sin apenas esperanza pero de sorpresa, accedió sin hacer muchas preguntas. Me mandaron al otro extremo del buque con un tal Tim que llevaba meses con el camarote para él solo y desde el primer momento me hizo saber que había invadido su tranquilidad. Pasamos semanas sin hablarnos, mirándonos de reojo y con desconfianza. Una mañana nos encargaron juntos cambiar unas cajas de sitio. En un descuido, Tim tropezó y tiró una caja de copas de cristal dentro. Resultó ser el juego de copas de vino del capitán para cenas de gala. Con el estrépito, en cinco minutos estábamos rodeados de la mitad de nuestros compañeros. Unos se reían, otros ponían el gesto de avisar por la que nos caería. Ya con el capitán, dije que fui yo quién dejó caer las copas. “Mi padre decía que era muy torpe”, mentí mientras me rascaba la cabeza. Tim me miraba asombrado, preguntándose las razones de mi engaño. No sabía de mi necesidad de tener un amigo, alguien con quién charlar, con quién reírme. Después de todo, había huido de casa para tener una nueva vida y estando tan solo  sentía que mi vida no podía llamarse así.

A partir del incidente de las copas todo cambió. Me compensó pasar dos semanas de castigo limpiando letrinas porque tras  meses compartiendo camarote, descubrí que Tim sabía sonreír. Y su sonrisa era luminosa. Ahora el camarote ya no era un sitio oscuro y lúgubre porque él llegaba y me gastaba alguna broma y sonreía. Tim era más listo que yo. Y por supuesto, más guapo. También era un chico de ciudad que había visto mucho mundo. Soñaba con poder dejar la marina y montar un pequeño negocio con lo ahorrado. Todas las noches antes de dormir, me contaba sus sueños empresariales y yo, cuando ya lo arrastraba el sueño y quedaba mudo, pasaba horas en dormirme soñando sus sueños. Imaginando como sería el gran cartel que iría en la puerta de su negocio lo veía a él, pero también poco a poco me fui viéndo yo, a su lado. También sin darnos cuenta, nos hicimos inseparables y en el Nebraska empezaron a llamarnos “the twins”. No creí que así fuera, pero decían que nos traíamos un aire familiar, que parecíamos hermanos. Ojalá hubiera sido yo tan guapo como Tim. Y tan luminoso. Ojalá hubiera tenido el buen humor permanente que él tenía y que me hizo sentir que por fin, tenía un sitio confortable en el mundo si en ese lugar estaba con él. No sé si podría llamarlo felicidad, pero se parecía.

Cuando supe que en unas semanas atracaríamos en el puerto más cercano a lo que fue mi casa, avisé a Matt. No conocía a sus dos hijos y no quería perder la poca relación que me quedaba con la única persona que años atrás, me había hecho sentir querido. Él era la única familia que me quedaba y no estaba dispuesto a renunciar. El día en que nos dieron permiso, le pedí a Tim que me acompañara. Caminábamos entre el olor a salitre cuando a lo lejos distinguí a Matt, su esposa y sus dos niños pequeños; mis sobrinos. Era tanta la alegría que hasta no estar casi al lado no descubrí que venía acompañado de padre. Tirando de Matt a un lado, le recriminé que lo hubiera traído “Ha cambiado”, argumentó “Ya no bebe y te aseguro que se arrepiente de muchas cosas”. Así discutimos durante minutos mientras la que se suponía que era mi familia, nos miraba con extrañeza. Tim abría mucho los ojos, supongo que ataba cabos con algunos de los asuntos que yo le había confesado en la oscuridad del camarote. Accedí a saludar de muy mala gana a padre, ya muy envejecido y caduco, con un extraño color gris en la piel y los ojos envueltos en una nube blanca. Al acercarle la mano para saludar, me dijo “Joder, sigues siendo tan feo como siempre”. Tim se acercó violento pero lo frené. No quería que padre me  estropeara el día en que iba a conocer a mis sobrinos. No obstante me lo estropeó y no pude quitarme la sensación amarga durante toda la jornada pese a que ya no cruzamos una palabra más. Al despedirme de ellos, cuando atardecía, abracé a mi hermano, besé a los niños y a su mujer, pero ni miré ni le dije nada a padre, deseando que esa fuera la última vez.

Aún nos quedaba mucha noche y fuimos a recorrernos los bares más inmundos, donde la cerveza corriera barata por nuestro paladar. Intentaba darme ánimos a mí mismo, pero la cara de padre se me cruzaba cuando pestañeaba  y era incapaz de borrar el sabor amargo pese a las cervezas. Las tinieblas habían vuelto, enredándose entre mis piernas no estaban dispuestas a soltarme. Tim durante toda la velada hizo el tonto, buscando sacarme una sonrisa y mejorar un día tan aciago. El caso es que lo consiguió. Me hizo reír. Al salir tambaleándonos del quinto bar íbamos muy borrachos. Señalando, me dijo “¡Una máquina de fotomatón !¡Vamos a hacernos una foto!”. Tiró de mi, que no estaba muy convencido. Al intentar encajarnos  frente al objetivo de la cámara, casi apenas teníamos sitio y nos moríamos de la risa. Entre codazos, flexiones y acoples imposibles, nos reímos tanto que las lagrimas se me caían. No fue hasta quedarnos quietos que fui consciente de que nunca habíamos estado tan pegados. Notaba sus culo caliente y durísimo encima de los muslos, su brazo apretando alrededor de mi cintura, el aire de su respiración haciéndome cosquillas en la cara. Metió la moneda y antes de que se dispara el flash, me dijo “No voy a permitir nunca que nadie te llame feo. Eres lo más guapo que he conocido en mi vida”. Y entonces, me besó.

 


Sobre el autor

MM

Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente.