Las 5 novelas que me hicieron adicto a la lectura. Celebrando el Día del Libro

No sé cuántos libros he podido leer en mi vida. Hace como seis años que me propuse crear una lista para ir apuntando las novelas,los ensayos o los textos teatrales que iba devorando, sobre la marcha, e incluso hacer anotaciones sobre algunos de sus aspectos: si me gustan lo subrayo en rojo o destaco alguna frase, capítulo o sensación que me producen en su momento, por poner algunos ejemplos. En este “sexenio” he podido leer más de 300 libros, lo que creo que es una buena marca, aunque, como decía, comencé a leer mucho antes. Sin embargo, como soy muy dado al ranking, hoy me gustaría destacar cinco de las novelas que más impacto me produjeron en su día; que más veces he releído, las que más y mejor se quedaron grabadas en mi memoria y que consiguieron, por lo tanto, que amara los libros de una forma tan excepcional. Y es que para mí  la lectura es como hacer ejercicio, una necesidad casi diaria, aunque en los últimos meses me ha invadido una pequeña desgana que me tiene hasta preocupado. Al lío.

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En el 5: “Jaws” de Peter Benchley (1974). Mi obsesión por este leviatán era enfermiza desde niño, así que la novela, en la que se basaba la famosa película de Steven Spielberg, cayó en mis manos con poco más de 9 años, antes incluso de ver el film primigenio de la saga. Había visto en el cine del pueblo “Tiburón 2” y quedé enganchado al anzuelo de por vida. Veía la portada de la novela, edición de bolsillo, en las estanterías de una vieja librería local y hasta que no conseguí ahorrar la pasta suficiente (no yendo al cine los domingos por la mañana o sisándole un par de pesetas, o un duro, del bolso a mi madre) no pude disfrutar de su lectura. Recuerdo el día que lo pude comprar y la sensación de triunfo que me produjo. La ansiedad por llegar a mi casa y abrir sus páginas me superó y camino de ella me paré en un banco de la plaza de la iglesia donde me leí el primer capítulo del tirón. Con el paso del tiempo, y tras varias relecturas, me di cuenta de que la novela no es gran cosa a nivel literario: un best seller al uso con alguna subtrama inútil para una historia de terror y aventuras. Eso sí, habría matado porque el final del libro se hubiese respetado en la película. Desperdiciar esa muerte, casi poética y mucho más creíble, del escualo en pro de fortalecer un clímax con explosión sangrienta y bien de épica, creo que fue el único sacrilegio imperdonable de Spierlberg.

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En el 4: “La historia interminable” de Michael Ende (1979). Esta me pilló en plena adolescencia. Fue un mazazo. Una historia fantástica ¿para niños? Todavía me emociona el momento en el que Bastian se da cuenta de que a quien piden ayuda es a él mismo desde el propio libro (se me está erizando la piel ahora mismo, mientras escribo). Como uno ya estaba un pelín curtido, en esto que llamamos vida, la novela no la viví desde el punto de vista de la fantasía y/o aventuras de Atreyu, Hija de la Luna y compañía. En ese momento (y a posteriori) me quedé con el mensaje que entreveía entre sus páginas: la desidia de la gente, el gris, la melancolía de los que dejan de ilusionarse, el lobo que representa la avaricia del ser humano por querer ser algo importante olvidándose de vivir. Lloré mientras veía a Artax (caballo de Atreyu) hundirse de pena en el “Pantano de la tristeza”, amé a Fújur, el maravilloso dragón blanco de la suerte, grité como un loco cuando éste aterrorizaba a los maltratadores del niño real llevándolo en su grupa. Y los hombres de piedra, los caracoles de carreras, la vieja Morla, la Emperatriz Infantil…Lástima de película que no supo estar a la altura.

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En el 3: “Los Santos Inocentes” de Miguel Delibes (1981). Esta la leí, por primera vez, con cierta edad, ya talludito. Una novela tan corta como terrible. Contada de una forma muy original, concisa y directa, sin ambages, sin parafernalia excesiva. España profunda y cruel de amos y esclavos: de señoritos perdonavidas y campesinos puestos al servicio del opresor que sólo buscan el bienestar de sus hijos; que éstos estudien para poder huir de una vida que, en el mejor de los casos, es pura miseria. Los personajes están tan bien descritos, así como la ambientación de la época (años 60) que uno se mete en las entrañas del cortijo y ama a los buenos. Y odia mucho a los malos. No creo que vaya a descubrir nada que no se sepa, pero el estilo narrativo de la obra es lo que hizo que me enganchara a la teta del autor y que, incluso, algunas de mis lecturas favoritas, posteriores y de otros autores, estuvieran influenciadas por “Los Santos Inocentes” o entreviera yo en ellas algún parecido razonable con Delibes, como es el caso de “Intemperie” de Jesús Carrasco. La película es otra obra maestra. Aquí sí se hizo justicia con el texto. El reparto es historia viva de nuestro cine y así fue reconocido en su día. La Milana ha vuelto una y otra vez a mi hombro.

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En el 2: “Las uvas de la ira” de John Steinbeck (1939) Otra historia de opresión: de miseria, barro y hambre. Otro clásico del que poco puedo descubrir. De lectura obligada aunque tardó tiempo en pasar por mi librería. Ya había leído “De ratones y Hombres” y me gustó tanto ésta que al poco me atreví con este novelón. No creo que un final me haya impactado tanto como el de esta historia de emigración en los convulsos años 30 de unos Estados Unidos azotados por la crisis. Una situación de explotación, abuso de poder y hambruna que obligó a la familia protagonista, junto a muchas más, a emigrar en busca de un mundo mejor en el que poder vivir dignamente. ¡Cómo nos suena eso y que actual nos parece! Llegar a un supuesto paraíso, que no es tal, donde los malos acechan como hienas a ver caer de rodillas al herido de muerte para aprovecharse y rematarlo a base de salarios ridículos, por horas y horas de trabajo, que solo dan para un trozo de pan y carne salada. Son muchas las vicisitudes de la familia Joad, debido a la extensión de esta obra maestra, pero es el final, ese puto final, el que te deja con un nudo en la garganta por mucho tiempo. La adaptación cinematográfica creo que también estuvo a la altura, aunque no he conseguido verla aún.

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En el 1: La Carretera de Cormac McCarthy (2006) Mi autor favorito de todos los tiempos. He leído casi todos sus libros y ninguno me ha dejado indiferente, desde “No es país para viejos” a “Meridiano de sangre”. Sin embargo esta carretera me dejó hecho cenizas, la misma pátina cenicienta que impregna esta novela corta, galardona con el Pulitzer. Ciencia Ficción en estado puro pero mucho más cercana y “posible” de lo que pudieran dar de sí unos zombies, unos alienígenas o un meterorito descarriado. The Road da mucho miedo. Es una historia de supervivencia tras una catástrofe natural y apocalíptica narrada de una forma tan directa y personal que se atraganta y casi no deja respirar. Los personajes son tan reales, tan humanos…Sus miedos, sus incertidumbres, el futuro, la huida de sus propios coetáneos, el canibalismo, el gris del cielo, el fuego y el frío. Demasiadas cosas para asimilar, sin que te dejen huella. Muchos detalles para un texto en el que se habla poco y se siente mucho. Un padre y su hijo de los que nunca supimos el nombre, guiño de nuevo a la novela de Jesús Carrasco en la que tampoco conocemos el nombre del niño y del pastor protagonistas y cuya inspiración en esta carretera es más que evidente. Y si la novela me pareció brutal, la película no fue menos. Está tan bien ambientada y tan bien protagonizada que prácticamente no hay diferencias entre el texto y el film.

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Son solo cinco, porque no debería extender más este artículo, pero hay muchas más joyas que me han marcado y de una calidad literaria muy superior, sobre todo a la mencionada “Jaws”. Desde “Expiación” (Ian McEwan), “Tokio blues” (Haruki Murakami), “La mano izquierda de la oscuridad” (Ursula K. Le Guin) “Anticrista” (Amélie Nothomb), “El misterio de Salem´s Lot (Stephen King), Sunset Park (Paul Auster) a “Los girasoles ciegos” (Alberto Méndez) o “Matar a un Ruiseñor” (Harper Lee).

 ¿Y tú qué lees?


Sobre el autor

Mocico Viejo Official

Amante y amigo. A punto de abrazar la fe, pero a punto a punto. Viajero incansable y buscador de tesoros. Mocico andaluz y rabioso.