Mobbing en negro y gris. Hoy quiero confesar…

Muy pocas veces he hablado de esto. Más bien nunca. Pero si algo tiene este bendito demonio de blog es su tendencia a la apertura de carnes, a las confesiones de sus redactores que nos aprovechamos de cierto anonimato para echar sal a heridas que, en muchos casos, nunca se cerraron. Sal escrita que se torna en bálsamo que sana o, en el peor de los casos, solo mitiga los efectos de una angustia que fue y que aún hoy me ahoga. Fui víctima de mobbing laboral a la tierna edad de 14 años ¡14 AÑOS, COLEGA!

Antes nadie se echaba las manos a la cabeza cuando a un niño, que casi no había terminado la EGB, se le “secuestraba”, con el consentimiento paterno, para ser vilmente explotado por un avispado jefe (de la construcción, en este caso) que se aprovechaba del lema tan macho como bien aprendido: “a este zagal hay que ir enseñándole a ser un hombre y a aprender un oficio, que los libros son para pasearlos y a mí me hace falta un aprendiz”. Tenía 14 años…

FOTO ATROZ

Así que un verano, tras terminar mis estudios, mi padre, con toda su buena fe, me “prestó” a un hombre de bien para que me enseñara lo que es la vida y de paso ahorrarse un sueldo en una empresa que olía a rancio. Pero era verano, no sabia lo que me esperaba y me hizo ilusión ponerme a trabajar. Hasta que llegó el primer grito… El primer empujón, el primer: ¡quita de aquí, inútil! Y me paralicé. Me ponía a temblar cada mañana mientras caminaba hacia el almacén desde el que salíamos a trabajar. Yo era un cobarde, un perfecto cobarde. Me creí un verdadero inútil, una mierda, un tío triste. Todos y cada uno de los días se ese verano del 83 yo me quería morir. No creo que hubiera un día en el que no pensara en tirarme del andamio o  tirarlo a él y luego hacerlo yo. A los insultos, que yo creí merecidos, se sumaron abusos verbales con terceros delante, que en algunos casos hasta le reprochaban su comportamiento. Una inquina conmigo que crecía, se reía de mí, me miraba con asco, aprovechaba mi parálisis para mearse encima de mi maltrecha personalidad y dormir tan tranquilo. No hubo piedad. Y yo lo vivía en secreto; otro secreto más que añadir a mi maltrecha existencia adolescente. No podía mostrar tristeza en casa. Era la cara vista del anuncio de Signal, la cara oculta peleaba contra los fantasmas del horror que suponía para mí fallarle a mi padre, a que éste pensara que yo no servía para nada, que no era el machote que él siempre quiso que fuera. Me daba pánico que me despidiera mi jefe, que les hablara de mi supuesta inutilidad como trabajador y de que mi padre me mirara mal. Mi padre fue un hombre bueno, pero educado en un ambiente de España demasiado profunda y con muchas aristas o quizá yo no supe afrontar una situación que, de haberle echado huevos, igual habría cambiado mi forma de ser y de afronta la vida de ahí en adelante. Un verano que terminó y que me hizo volver a los estudios olvidándome del gran hijo de puta de mi jefe por un tiempo. Pero llegó el siguiente verano y mi padre volvió a “ofrecerme” al buen hombre que no estaba muy convencido de volver a querer contar con mis servicios pero que por insistencia paterna, aceptó. Otra pesadilla más, aunque más corta. La situación se volvió tan cruel que no pude aguantar más y un día, armado de valor, le dije que me marchaba tras echarme la culpa de un marrón que fue culpa suya, no mía. Aún así le dio la vuelta al asunto y me levantó la mano, además de llamarme maricón delante de las dueñas de la casa donde trabajábamos ese día. Atónitas, las pobres mujeres se solidarizaron conmigo y me vieron salir de su casa con una ansiedad impropia de un niño, una criatura que temblaba de miedo. Una de ellas se echó a llorar e incluso recriminó al maltratador. El camino del trabajo a casa fue mucho más aterrador ya que tenía que explicárselo a mis padres. No sabía cómo se lo iban a tomar. Pero fue verme llegar, en el estado en el que entré por la puerta, y saltar todas las alarmas. Preguntas, preguntas y más preguntas que no atinaba a enlazar o a explicarlas convenientemente. Hasta que les solté que lo único que quería era morirme. Mis padres se quedaron callados, no podía ser. Eso fue muy doloroso, sobre todo para mi madre que me dijo que me acostara, que dejara de llorar y que mañana hablaríamos.

Y hablamos. Expliqué todo lo ocurrido, los dos veranos de terror, la baja autoestima, el pasar días y días sin salir con mis amigos porque no quería ni verme, el disimulo por no decepcionarles a ellos, los pensamientos de suicidio, todo. Me abrazaron para decirme que tendría que haberlo contado antes porque se podrían haber buscado soluciones. Respiré aliviado y al poco tiempo otro jefe, del mismo sector, requirió de mis servicios. No es que éste fuese moralmente mejor; su única intención era la de aprovecharse del chiquillo de turno para pagarle poco o nada a cambio de jornadas de ocho y diez horas de trabajo, pero algo cambió. Yo hacía la misma faena y de igual forma que con el energúmeno anterior, sin embargo aquí todo era bueno, correcto, trabajaba bien a ojos de mi jefe y éste me cogió un cariño enorme. Yo iba a trabajar contento y con ganas. Así que no era un inútil, no señor. Era un chaval normal; aplicado y trabajador. Feliz, al fin aunque marcado para siempre.

Al poco me enteré que la intención del ogro era la de meter en mi puesto a otro chico de mi misma edad, pero más afín a sus ideales de macho dominante, con el que podía hablar de todo y de todas; de fútbol y de tías buenas, de política y olivar. Ese fue mi fallo: yo era demasiado callado, estaba más pendiente de entender las canciones de Parálisis Permanente o Golpes Bajos que de sus peroratas de mal aliento a puro y coñac. Nunca he deseado mal a nadie, una vez mi vida cambió me empecé a olvidar de esa etapa, aunque nunca la he llegado a superar: no puedo con las voces de los jefes, las malas formas, los mediocres, los insatisfechos, los que se creen más y mejor que nadie, los que disparan su metralla sin mirar a quien rompen en pedazos. Alguna que otra vez he vuelto a sentir esa angustia, pero la he sabido sortear o hacerle frente. Aún así me cuesta, me horroriza. En cualquier caso, gracias a esos miedos aprendí a ser valiente.

El tipo en cuestión murió joven, por una enfermedad que lo tuvo postrado en cama durante mucho tiempo y hasta su mujer e hijas lo llegaron a repudiar por sus malas formas. No me alegré, sinceramente, mis padres sí. Su nuevo aprendiz tuvo una muerte mucho más trágica, asesinado por un supuesto asunto de drogas con no más de 30 años. De éste sí que me dio lástima porque él, aunque no lo supiera, estaba mucho más perdido que yo a mi misma edad.

A lo que vamos. Las heridas se pueden curar de muchas formas y en mi caso ha sido en forma de canción. Esta letra, ahora para Conmutadores, la escribí hace mucho tiempo y por obra y gracia de los milagros musicales, mi buen amigo Juani Misterfly la hizo real. Ha convertido mi angustia pasada en música. Jamás le estaré lo suficientemente agradecido.

Confesarse así es bien, muy bien, aunque hayan pasado 33 años.


Sobre el autor

Mocico Viejo Official

Amante y amigo. A punto de abrazar la fe, pero a punto a punto. Viajero incansable y buscador de tesoros. Mocico andaluz y rabioso.