Un tal Jesús

Se llamaba Jesús.

Lo irónico es que sin tener que ver con el cristianismo, al conocerlo tengo la sensación de que mi vida encontró la salvación. También la redención y el éxtasis.

Pero vayamos antes de Jesús, cuando la bruma lo era todo y el mundo aún no se había hecho en siete días, La tierra no tenía entonces ninguna forma; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad,. para que el lector se sitúe en los acontecimientos.que le darán sentido a una narración casi evangélica.

Él se llamaba Jesús (repito como en una letanía) y yo antes de Jesús vivía en la ley que imponen  los catorce años, una cotidianidad repleta de fariseos y lapidaciones. Solo y aunque vivo, más bien moribundo, con la sensación de estar encerrado en un sepulcro cuya piedra de entrada era tan grande que ni yo ni nadie podríamos mover hasta el confín de los tiempos Un cordero perdido que no había encontrado su lugar en el rebaño, ni tenía una mesa de almas piadosas en la que sentarme y ser uno más. Tampoco conocía cual era la palabra de Dios, esa que me daría la paz y la calma. Mi reino no era de este mundo y a los catorce aparentaba ser más un infierno que otra cosa, donde la maldad aparecía a la vuelta de la esquina, como lenguas de fuego que me quemaban  en un incendio que parecía no poder apagarse.

La maldad existía, lo supe pronto .Tenía la cara de los adolescentes que probablemente no eran conscientes de hasta qué punto me podían hacer daño . Pero lo hacían, Y mucho. Arrastraba la cruz de ser marica en el instituto y pese a pensar que la adolescencia me daría eterna salvación, los catorce no mejoraron nada los días que transcurrían del salto del colegio al instituto. La bruma, ya lo he dicho antes. Sin amigos, sin nadie con quién compartir el vino y el pan. Convertido en un leproso al que todos mantienen en una distancia prudencial y no se acercan ni para dar agua. Y yo me moría de sed. Desfallecía en un desierto rodeado de gente. Soñaba todas las noches, agonizando en el lecho, crepitando entre las llamas que me consumían, no ya con el amor ni con el sexo, sino con un amigo que con una palabra suya, me bastaría para sanarme. Alguien con quién compartir la larga travesía en el desierto que nos llevara a la tierra prometida. Estaba sólo en un valle de lágrimas que me obligaba a permanecer en una existencia a oscuras y de baja intensidad, para que mi presencia no molestara, para que los demonios no despertaran y quisieran hacerme pagar un tributo por pecados que desconocía haber cometido.

Antes de saber que se llamaba Jesús, de tener un rostro y una presencia a la que poder citar con un nombre propio, él era uno más de los adolescentes que me daban miedo. Su clase coincidía con la mía en el gimnasio al menos una vez por semana. Normalmente yo agachaba la cabeza para que nadie detectara mi presencia en los vestuarios, el sitio donde el tormento podía convertirse en inmensidad. Me faltaba mimetizarme en taquilla o banco para esconder mi presencia. En aquel sitio con olor a húmedo y lejía (y al que odiaba profundamente) ni qué decir tiene que ni se me ocurría mirar piadosamente a nadie, por si una simple mirada pudiera relacionarme con la ciudad de Sodoma y sucumbir al fuego divino de las hostias de los otros. La cabeza agachada, siempre muy baja, adelantándome a pedir misericordia antes de que nadie me pudiera hacer un reclamo. Pero con Jesús era imposible no mirar. Jesús entraba al vestuario habitualmente entre risas con sus amigos, dándose empujones y tirándose carcajadas a la cara. Jesús era de los que se desnudaba del todo cuando acabábamos la clase de gimnasia, no como yo, que por no ser acusado de conspicunsciencia me cambiaba la camiseta como mucho. A las duchas ni me acercaba por ser pozo de perdición. Jesús, sin embargo, no temía a dogmas ni tenía mandamientos a los que someterse, era libre en sus hechos y en su masculinidad. Él era parte del pueblo elegido, la cúspide de la creación en el microcosmos que era el instituto y se le notaba al caminar, de paso firme, rompiendo el suelo, como quién anda sobre las aguas convertidas en losas y parqué . Formaba parte del equipo de fútbol y si hubiese estudiado en un instituto americano, tendría una novia animadora y un coche descapotable .Cada vez que encontraba a Jesús en el gimnasio, estaba jugando y repartiendo trastadas a los amigos. Desnudo. Con la naturalidad de quién está acostumbrado a ello. Yo, mientras, hacía equilibrios con los parpados para que no pareciera que lo miraba. Lo primero que conseguí aprehender de él fueron los pezones y el pecho. Éramos todos unos niños aún, la mayoría no había pegado siquiera el estirón, pero él ya tenía un tórax de esplendido acabado en unos pectorales que se podían dibujar con las pupilas, demostración de una vida deportiva a tiempo completo. Y luego estaban los pezones; dos azabaches negros que supuraban chocolate, en una oscuridad, siendo su piel tan blanca, que yo no había visto nunca. Parecían emitir destellos de penumbra. O era esa la impresión y la excusa que yo mismo me ponla para mirarlos de soslayo sin pensar en el infierno. Pero es tanta la tentación y tan dulce el pecado.

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Debieron pasar varios meses hasta que pude mantener los ojos a media altura en un mínimo de segundos, los necesarios para tener tiempo de repasar los detalles de su polla. Bienaventurados los valientes, porque de ellos será el reino de las ensoñaciones masturbatorias. Yo, que venía de un sitio donde ningún chaval se desnudaba en el gimnasio, aparentar naturalidad con Jesús desnudo, paseándose delante de mí era una tarea que solo alguien colmado de virtud podría haber conseguido. Conseguirlo a mí, que era recipiente de todos los pecados, debería haberme proporcionado un puesto en el cielo sin necesidad de llegar al juicio del último día, aquel donde sonarán las trompetas. Como quién repite y recuerda una oración, sería capaz, casi treinta años después,de describir hasta el último pliegue de aquella polla que parecía querer volar libre separándose del cuerpo, operada y de cabeza limpia, sorprendentemente rosa teniendo pezones de alquitrán, golpeándole en los muslos lampiños de dureza marmórea . Muslos por los que la miel podría resbalar en riachuelos y sin obstáculos.

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Si eres un marica con catorce años, estudiante de instituto, no hace falta que te conozcan de primera mano para que te insulten o te agredan. Una vez que las malas lenguas han corrido la voz de tus pecados, ya siempre arrastras la penitencia, un sambenito que te identifica y cualquiera siente el derecho de poderte pisotear, de tratarte como basura. Y lo hacían la mayoría. Pero Jesús no. Yo era un ser tan ínfimo en su realidad que ni siquiera era digno de una palabra suya para insultarme. Dudo que supiera siquiera de mi existencia. No obstante, acostumbrado a la agresión, la indiferencia me sabía a halago, a cariño escondido y esquivo. Al acabar el curso, me despedí de su pecho hecho tobogán, de sus pezones y de su polla pensando en que, en un instituto grandísimo donde convivíamos más de mil adolescentes, no lo volvería a ver nunca.

Llegó el verano y también llegaron los quince años, decidida la vida a que los recordara para siempre. Es increíble como pueden cambiar las cosas en tan poco tiempo, divina providencia. . Durante los tres meses de verano, pasé de ser un niño enclenque y poca cosa a crecer casi veinte centímetros, poniéndome por delante de los que hasta ese momento me superaban en altura y corpulencia Como optativa, escogí teatro, algo que podría pasar por un hecho insignificante cuando lo hice. Pero no, no lo fue. El primer día, al empezar el nuevo curso ya vi que no lo era. Éramos ocho clases ese curso y la necesidad de disponer del salón de actos hizo que nos pusieran juntos permanentemente a todos los que escogimos una optativa tan poco importante como teatro. Que pirueta tan dulce. Que casualidad tan enorme. En aquel aula estábamos todos, los oprimidos, los concienciados, los fuera del mundo y de la sociedad, los que no encontraban su hueco, los que necesitaban de redención. El primer día ya era palpable. Había electricidad bienhechora en el ambiente, una neblina de compadreo y camaradería que nos envolvía y nos elevaría a los treinta que éramos parte de la clase de segundo G durante los siguientes meses. Solos no valíamos nada, juntos nadie nos podría parar. Y así ocurrió. Ya no volvería a vivir más en un valle de lágrimas.

Como solía, si elegía mi pupitre cerca de la mesa del profesor en primera fila, evitaría castigos y tormentos de mis compañeros, así que durante la primera hora del curso que me marcaría para siempre, no vi ningún rostro en concreto, apenas me llegaban las risas y los chascarrillos, pero impersonales, sin dueño ni propietario. Hasta que el tutor, a última hora, decidió pasar lista. El primero de mis nuevos compañeros tenía un flamante apellido que empezaba con la letra A y lo hacía digno de ocupar dicho espacio.

A de amor.

El tutor leyó los dos apellidos y tras un par de frases hechas de bienvenida, dijo su nombre…Se llamaba Jesús. Se apellidaba AMOR. La vida a veces puede tener un sentido de la lírica sublime. En un momento como ese, la clemencia de la plebe me permitía volver la vista atrás para identificar a mis compañeros y yo no dudé en aprovechar esa ventaja. Allí estaba él. Con la cara impostada de un niño al que acaban de pillar haciendo una travesura, rodeado de los que parecían colegas, sonriendo como un rufián. Brillando. Hermoso. Divino. El tiempo se rompió en miles de trocitos hechos de instantes. He de decir y aclarar que los generosos adjetivos calificativos que ahora le procuro son hechos varias décadas después, cuando los años han cubierto de polvo y telarañas los recuerdos y hay que sacarles brillo Si solo existe lo que se nombra, yo en esos años aún no sabía ni siquiera especificar qué clase de persona era yo, qué es lo que me convertía en un ser averiado o defectuoso. Mucho menos sabía como llamar a mis gustos aparte de reconocer el sufrimiento que me procuraban, qué nombre ponerle a mis apetencias o como calificar la necesidad salvaje de amor que me devoraba a dentelladas. En aquel momento, unicamente fui capaz de constatar como ángeles músicos bajaron desde el cielo mientras entonaban bellas melodías de música celestial. Una dulce luz cálida que no era de este mundo inundó el aula, cubriéndola de matices color pastel y poniendo el foco en su cara y en la mía, unidas ahora por un haz de luz. Desaparecieron las tinieblas y vi que el mundo era bueno. Y por fin, a la edad de quince años, descansé.

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No sabía hasta que punto el teatro iba a ser la argamasa que nos uniera a los treinta, materiales tan diversos, algunos de ellos de derribo, otros venidos de obras en construcción. El teatro y sus ensayos a los quince años nos convirtieron en ladrillos, en un muro de gente imposible de derribar. A las pocas semanas de empezar el curso, el segundo G ya era conocido en el reino de este mundo que constituía el instituto. Nos sentíamos los elegidos, tocados por la mano de Dios y así nos comportábamos. Íbamos a todos sitios juntos, montábamos charlas, hacíamos sentadas, iniciábamos protestas, debatíamos sobre filosofía , sobre cine de autor y sobre libros. Pero sobre todo, nos rebelábamos contra una moral opresora que, pese a que el franquismo hacía años que había desaparecido, aún nos quería adoctrinar. Los profesores nos elogiaban y nos temían, el resto de aulas nos envidiaba. Algunos de esos profesores, los que supieron ver lo que tenían delante, se crecieron y gracias a ello pudimos disfrutar de algunas de las mejores clases a las que he asistido. Muchísimo tiempo después, soy capaz de recordar hasta el momento más insignificante de todo lo que aprendimos ese año gracias a la profesora de literatura, gracias al profesor de teatro y gracias a tantos otros que supieron vernos con ojos llenos de gracia .Cuanto más tiempo pasa, más consciente soy de que nunca formé ni formaré parte de un grupo de personas con una imagen tan definida , con tantas ganas de estar juntos, tan ilusionados e inocentes, tan divertidos. Éramos jóvenes y éramos bellos. Era la primera vez en mi vida en que me sentí tratado como un ser humano, a secas, sin insultos, sin calificativos que me acompañaran, sin miedo a mostrarme tal como era. Ahora ya una persona, ya nunca más maricón. Cualquier problema de uno de nosotros se convertía en el asunto de todos, cualquier alegría era ideal para poderla compartir. Y como era de esperar, la mayoría de alumnos de aquella clase nos convertimos en pandilla y aparecieron las primeras parejas. Yo, aún perdido en el fondo de lo más oscuro del armario, hice un par de intentos desesperados de lo que creía amor con alguna chica, pero por suerte ellas fueron más cabales y me dijeron que no. Aún las conservo como amigas, debe ser que tan mal no les pareció. A cambio, cuando recuerdo estos torpes intentos de heterosexualidad, un rubor ardiente me quema la cara aunque sean décadas las que han pasado. Por supuesto, Jesús, tan guapo, fue de los primeros en pillar novia. Puedo decirle guapo porque ya empezaba a no tener miedo a levantar la cabeza y mantener la mirada. Es gracioso, porque después, pasados los años, mi mirada o mi forma de plantarme delante de la gente me ha jugado malas pasadas cuando alguno la ha interpretado como una señal de prepotencia y de altivez. Desconocen que son los daños colaterales de una batalla que luché durante años, los recuerdos hechos cenizas de un fuego que estuvo a punto de consumirme y que al final aplaqué, pero de aquella victoria aún conservo las heridas o tal vez cierto matiz en la mirada que supongo quiere decir “Nadie me va a doblegar”

Sí, ahora ya podía verlo mirándole a la cara, aunque agazapado entre el resto de mis compañeros y confirmar que era a quién mejor le quedaba el corte a lo pelo pincho , tan de moda esos años, de todo el instituto. Que el color de sus ojos era el mismo que el de sus pezones y que, a su vez, también parecían emitir destellos, llamadas de auxilio que yo creí que me gritaban un “sálvame”. Y que su labio inferior, rojo, como pocas veces he visto el color rojo refulgir, era mullido, amplio y sensual en todo el sentido de la palabra. Tantos años después, si uso dicha palabra me vienen sus labios a la memoria, porque con ellos aprendí su verdadero significado y me recreo cuando me viene el regusto de Jesus al pronunciarla….Sensual significan los labios de Jesús. Por las noches tardaba horas en dormirme y cuando lo hacía, soñaba  que sus labios se hacían carne de mi carne y su sangre, la mía. Pese a su edad, también tenía una voz grave y profunda y cómo yo, el ser miembro de aquella clase también lo hizo mutar poco a poco en otra persona distinta, puede que mejor. Fue abandonando a sus compiches masculinos y el fútbol por nuestro grupo multiforme de aficiones maduras. Fue haciéndose una persona más adulta y compleja y sobre todo, infinitamente más interesante. A cambio, de vez en cuando le escuchaba contar como la relación con sus padres se violentaba y el ambiente en su casa se estaba haciendo irrespirable. Hijo mayor de una familia de la alta burguesía, era la gran esperanza de sus padres para que consiguiera grandes cosas y no parecían dispuestos a que su hijo viviera su propia vida, la que él hubiera elegido, Yo, sin apenas relacionarme con él, distinguía estas evoluciones, las espiaba y las admiraba, quizás esperando a que llegara el momento en que la vida o puede que un trabajo comunal que nos mandara algún profesor, nos uniera y él me dijera al oído “sálvame”. Pero eso no ocurrió. De aquella clase, varias décadas después, aún conservo amigos, de los mejores y más profundos, pero con Jesús no ocurrió en ese curso. Pasaron los meses, vivimos los quince deslumbrados por el brillo de una edad dorada, llegaron los exámenes finales y aprobé. El punto culminante de aquel maravilloso curso fue poder estrenar la obra de teatro que tanto esfuerzo y tiempo nos había costado y que tanto gustó. El público en pie, aplaudiendo, mientras nosotros escondidos entre bambalinas, sufríamos un diluvio universal de emoción colectiva. Llámalo comunión. Llorando, nos abrazamos unos a otros, nos rompíamos de alegría desbordada. Es imposible que pueda vivir un momento así en lo que me queda de vida. Éramos puros y estábamos limpios de pecado original. Apreciábamos lo que nos ocurría con el disfrute de la primera vez, en un bautismo de gozo. En uno de esos abrazos que en la penumbra nos regalábamos como quién se da la paz, me vi en los brazos sudorosos de Jesús y de pronto, hubo una fractura en el espacio tiempo. Se hizo el silencio y desde el cielo un rayo creí ver que nos iluminaba solamente a nosotros dos porque alrededor el resto de gente había desaparecido. “No soy digno de que entres en la casa de mi corazón”, estuve a punto de decirle. Todo lo que había rodeándonos, quedó quieto. Su abrazo me desmembró, me subió al cielo sin necesidad de haber hecho el bien, me llevó más allá, me trajo de la muerte y casi pude escucharlo decir “Levántate y anda”. Fue un abrazo sin premeditación y cuando me vi estrechado y lo reconocí, ya era tarde para salir corriendo. No sé cuantos segundos fueron. No sé si notó que me temblaba todo, que las piernas me flaqueaban, que me costaba mantenerme en pie y que si lo hacía era únicamente porque me sostenían sus brazos, robustos y fuertes. No sé si supo que hubiera querido morir en este instante, quedarme fosilizado en su abrazo, dejar de trascender, parar el tiempo, No sé ni siquiera si supo que era yo al que abrazaba, que me sentía como semilla de mostaza que pese a su pequeñez puede convertirse en un árbol enorme No sé si para él también se pararon los relojes y se sintió levitando, si su existencia escribió un punto y aparte, si otra vez los violines bajados desde lo más alto le tocaron música celestial. No lo sé pero lo dudo. Ni siquiera tuve el consuelo de que fuera un abrazo tibio o con desgana para no tenerlo en cuenta, porque fue un abrazo viril, fortísimo y desestabilizador. Sentí que me atravesaba, que me fundía. Nadie me había abrazado así. El olor de su pelo, un olor a sudor limpio de adolescente, gomina,y colonia de bebés hizo que me estremeciera mientras se me entrecerraran los parpados, que pesaban como planchas de acero. Inspiré tan profundamente como mis conductos nasales me dejaban. Su aroma se me impregnó en los pulmones, se introdujo en mi sangre, pasó a formar parte de mi, le dio vida a mis células, me convirtió en otro y finalmente, me envenenó de amor. Es posible que aún quede en mi cuerpo, en algún órgano escondido o una célula díscola, algo del rastro de aquel aroma. Si vuelvo a entrecerrar los ojos e inspiro, aún lo siento, dentro de mí. Aprovechando el frenesí, en un acto de valentía que aún hoy me deja impresionado, le subí la mano a la nuca para apretarla tiernamente y arrastrar algo del sudor. Antes de irse, no creo que ni me mirara, me agarró la cara  con las dos manos y me dio un beso en los labios, un beso de machote sin otra lectura posible, para irse después a felicitar a otros. Pero para mí no fue un gesto más, porque  el verbo se hizo carne,  habitó entre nosotros y vimos su gloria  L a gloria eran sus labios y me habían sentado a la derecha del padre. Sus boca sobre la mía en una explosión de la palabra sensualidad.

Me aparté a un rincón para con la tranquilidad y la ceremonia necesaria, quedarme oliendo lo que me parecía un elixir de los dioses, como quién ha conseguido el tesoro más preciado, como quién ha sido invitado a la tierra prometida, como quién está a punto de derribar las murallas de Jericó.  Hacer la primera comunión pero siendo consciente de la trascendencia del momento, así me sentí. Los ojos se me cerraban y los parpados hubieran querido quedarse entornados para siempre, suplantados entonces por las papilas gustativas que se recrearçian en su sabor pòr los siglos de los siglos. Ese olor era el soplo de vida, era el aire que necesitaba para respirar y poder decir “Estoy vivo”. Es posible que pasaran al menos varios días sin que me lavara la mano, creyendo ridículamente que me duraría su aroma.

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En esos meses cuando acababa el curso, se hicieron más parejas mientras otras se rompían y entre los damnificados quedó Jesús, ahora soltero. No había concierto, película, evento donde no acudiéramos todo el grupo junto, pero el verano es otra dimensión de tiempo, y el grupo fue disminuyendo en tamaño. Unos porque se aburrieron y encontraron a otros amigos con los que salir, muchos porque veraneaban con sus padres en otros sitios y fin de semana tras fin de semana nos fuimos quedando cada vez menos, hasta que, en un triple salto mortal del destino, al llegar Julio solo quedábamos Jesús y yo. Ya me imaginaba un verano aburridísimo ayudando a mi padre y sin nada nutritivo que hacer, pero me equivocaba. El primer viernes del mes de julio, Jesús me llamó. Alabado sea el señor. Cuando mi madre me pasó el teléfono casi muero porque no muero y al preguntarme si hacíamos algo el sábado le dije que sí, que por supuesto que sí. Me sentí santificado por amor y a punto de decirle “No soy digno de que llames a mi casa”. No había en ese momento en mis deseos ninguna lujuria ni ningún trazo de sexualidad; estaba libre de pecados capitales y podría definirlo como simple ansia por tener un amigo. Amigas sí, tenía muchas; ellas me escuchaban me soportaban y como a cualquier marica, me entendían mejor, pero Jesús era el primer tío que buscaba mi amistad y eso hacía que me derritiera por dentro, que me sintiera eternamente agradecido, con una deuda tan grande que no habría forma humana de poderla pagar.

Ese fue el comienzo de un verano para los dos encargado en los talleres donde se fabrican los milagros, esplendoroso, brillante, tierno y también inevitablemente, fugaz. Por eso seguramente lo recuerdo tanto, porque se quedó fosilizado en mi memoria como si un recuerdo de ambar se tratase, y cómo el ámbar, aunque muerto y sin vida, aún brilla. El verano tiene otras lógicas, otros tiempos distintos al resto del año y aunque normalmente lo odiaba (y lo odio) profundamente , esa vez no. Ya no pesaba pasarse la semana ayudando a mi padre si al final el premio era Jesús No me importaba no tener los ocios que otros de mi edad , ni pasarlo de la piscina a la playa porque el regalo a mi paciencia era él. Recuerdo aquellas tardes y noches de los fines de semana y me asombra como los adolescentes son capaces de hacer y deshacer relaciones tan fácilmente, porque pese a no habernos cruzado palabra durante todo el curso, pareciera que nos conociéramos de toda la vida. Como adolescentes, cumplimos la máxima no escrita de mimetizarnos, de que su personalidad se solapase con la mía, de que costara descubrir de quién era una frase o un chiste que repetíamos cuando había público delante ¿Quién descubrió aquel disco que nos volvió locos a los dos? ¿Él o yo? ¿Quién compraba los cómics? ¿Quién decidió hacer espiritismo en su casa? ¿De quién fue la idea de que al curso siguiente elegiríamos los dos la rama de letras para no separarnos en lo que quedara de instituto? La amistad se convirtió en un proceso transformador y un día de primeros de agosto me descubrí al pasar por un escaparate y vernos reflejados, vistiendo casi la misma ropa que él. Hacía una semana que yo también me había cortado el pelo a lo pincho. Pero eso no era malo, al contrario. Por fin sentía que estaba teniendo un amigo ¿Parece una tontería? No, no lo es. Había tardado quince años en conseguir uno.

La propia sorpresa de ver como encajábamos y funcionábamos tan bien juntos nos dio el brío y la inercia para hacer más planes, tener más intereses y pasar más horas juntos. A mediados de agosto ya éramos inseparables y teníamos ese territorio común de chistes, bromas, frases hechas y lenguaje en clave que poseen las relaciones forjadas con el tiempo y que los demás no entienden ni quieres que entiendan, porque el código cifrado es una pieza más del rompecabezas que da forma a la complicidad. El mundo de fuera nos sobraba y mirábamos lo que nos rodeaba con altivez, desdén y sin miedo. A veces comía en su casa y he de decir que me aceptaron de buena gana, no noté ningún atisbo de temor o desprecio aunque constaté como sus padres eran firmes en lo que querían para el mayor de sus hijos , al que no permitirían que se convirtiese en hijo pródigo. Su destino estaba más que marcado, escrito por ellos y lo hacían evidente en cada una de sus palabras y hechos pese a estar en pleno verano y no tener una agenda y unas tareas que seguir. Rigurosos y disciplinados, le exigían tanto que a su lado mi padre podría considerarse un cordero pascual. Todo iría bien mientras no huyéramos a territorios prohibidos. Un finde de fiestas en mi pueblo, decidió venirse a casa a pasar el fin de semana y además fue propuesta suya. En mi mundo antes de Jesús, lo habitual hubiera sido que el día anterior me hubiesen llamado para cancelar la cita, pero estaba escrito que Jesús hubiera podido entrar al cielo por el ojo de una aguja y sólo llamó para preguntarme si debía traer algo. No cabía de mí del gozo, sentía que el suelo era una superficie casi celestial por la que no caminaba; levitaba, El valle de lágrimas había dejado atrás las espinas para convertirse en un sitio algodonoso y dulce, lo más parecido a la tierra prometida que voy a visitar en la vida. La noche antes no pude dormir y al ir a recogerlo me sentía leve, ligero, como quién ha dejado la cruz que arrastra por una vía dolorosa que parecía no acabar nunca pero acabó, terminó en una parada de autobús donde él me esperaba con una pequeña mochila . No podía esconder la dicha, se me caía a cachos de tan desbordada y tampoco hubiera podido. Era demasiado evidente cuando al correr hacia él, lo abracé con la cara de que mi sangre se había convertido en vino. Me pregunto que pasaría por su cabeza cuando me vio llegar, que pensamientos recorrerían su mente, donde me ubicaría entre toda la gente que le rodeaba y que le quería.

No tengo un recuerdo concreto y pormenorizado de aquellos dos días aunque el brillo del esplendor en la yerba aún destaca en mis pupilas al tratar de evocarlo. No tengo recuerdos, tengo  el sabor a cloro en la boca de las  piscinas  que visitamos. Tengo el cansancio de apurar hasta el último minuto para dormir lo menos posible. Tengo las horas  de una cadena donde los eslabones alternaban conversaciones y risa. Sé que de nuevo, la química entre nosotros nos explotó en la cara y no hubo un minuto que no aprovecháramos para no aburrirnos y reírnos hasta que nos dolieron las mandíbulas. Aún me sorprendía, cuando me descubría diciendo algo que lo hacía carcajearse, que hubiéramos estado tanto tiempo siendo esquivos el uno con el otro y ahora encajáramos tan bien.

Dormimos juntos. No en la misma cama, pero dormimos juntos. Es increíble que no tenga ninguna imagen de él desnudándose antes de dormir. Él saliendo de la ducha desnudo. Él mostrándome otra vez los destellos que emitían sus pezones del color del café. Es justo y necesario, es mi deber y mi salvación que explique porqué ahora no escribo un párrafo contando como fue aquella noche donde la lujuria, la humedad, el vapor y el deseo no correspondido no tuvieron lugar. Y es que revisando la circunstancia tantos años después, me descubro  fascinado, agradecido y lleno por su amistad que  sí, una palabra suya estaba bastando para sanarme. Tan lleno que no había lugar a nada más, ni para la lubricidad ni para la bruma. Con Jesús fui casto como lo fue el casto José  y la pureza  era sincera hasta tal punto que hubiera podido entrar por el ojo de una aguja para alcanzar el cielo. El cielo de Jesús. Ni un pensamiento pecaminoso acudía a mi mente en esos momentos y posiblemente, alguien podría pensar que fui tonto de solemnidad por no aprovechar la confusión y la ambigüedad de la adolescencia, los ríos de alcohol por los que nadamos durante esos dos días o la noche oscura del alma .Y posiblemente tenga razón. Puede que debiera haberme arrodillado y con una palangana, lavarle los pies mientras le decía “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”.  Me he quedado sin la evocación de un recuerdo que podría ser precioso en su dolor, el dolor que da lo que pudo haber sido y no fue. A cambio, cuantos más años vivo, más admiro y me sorprende esa limpieza de sentimientos, la absoluta pureza que movía mis acciones y unas emociones en las que no había rastro de deseo sexual, lo había borrado por completo. No era consciente, no lo sabía, pero me encontraba habitando un Edén y sin haber mordido aún la manzana, era inocente, sin pecado original que manchase mi mirada y la volviese retorcida y sucia. Ahora, con mis años, sé lo tremendamente fácil que puede ser  tender una emboscada sexual . En mis circunstancias de aquellos días lo hiubiera  tenido muy fácil y sin embargo, no lo utilicé. Bendito yo era entre todos los maricas. Recordarme así me reconcilia conmigo mismo y con mi pasado, porque significa que pese a lo sufrido, pese a los golpes que me había dado la vida (y no es una manera figurada de hablar) no me había corrompido (aún).

El final del verano fue deslumbrante. Tanto, que creo que aún estoy ciego y que ese fulgor ha marcado mi vida, porque si en una relación no veía el refulgir dorado tan característico de aquellos días, sé sin lugar a dudas que no era amor, que era un espejismo engañoso. Los primeros días de septiembre volvió la normalidad. Los amigos que se habían ido y la hora de hacer las matrículas del nuevo curso también volvieron. Rellenamos todos los formularios juntos, emocionados y dispuestos, para no separarnos ni en una optativa y que no hubiera posibilidad de error . El futuro olía a tiempo próspero y de bonanza. Qué diferente de hacía solo un año, cuando anduve perdido por un desierto durante tanto tiempo que me parecían cuarenta años, cuando esperaba con terror el principio de curso para comprobar quién sería el primero que me lanzaría la primera piedra a desear que comenzaran las clases como si me fuera la vida en ello. Jesús se había convertido en mi maná. Hacíamos planes de lo que nos esperaba en el nuevo curso, esta vez siendo amigos desde el principio. Me imaginaba en el pupitre  al lado de Jesús durante todo el curso y la emoción me producía cosquillas en el vientre y burbujas en la cabeza. Pasábamos horas sin fin juntos porque los días empequeñecían, se convertían en una medida de tiempo inusualmente corta, con el reloj confabulando para que así fuera. Arañábamos con ansia felina hasta el último segundo que el presente nos regalaba. Nuestros respectivos padres se acostumbraron a contar con ambos, a preguntar si comíamos juntos, a llevarnos a todos sitios en el coche, a tratarnos a ambos como uno más de la familia.

Era todo perfecto y en su perfección, en el deslumbramiento que estaba viviendo, los ojos entornados no me dejaron ver las nubes negras que nos acechaban. Porque está escrito; cualquier día de primavera soleada puede truncarse en la peor de las tormentas. No lo vi, no fui consciente, pero no obstante, cuando meses después repasaba a posteriori esos días pasados con Jesús, cuando ya era demasiado tarde para eludir la catástrofe, para librarse del desastre, lo vi; su madre había cambiado de actitud conmigo. Repasaba situaciones y momentos que había obviado y era imposible no concluir que conmigo se mostraba más fría, casi glaciar, que había cambios en su forma de tratarme . Sin embargo, no lo vi, la ceguera que da la felicidad puede ser igual de traicionera que fue Judas.

Los días previos al comienzo del curso no nos vimos porque me fui con mis padres a la playa y no estuvimos en contacto. Qué remotos parecen los días en los que no había móviles para comunicarse al instante pero así era; podías pasarte semanas enteras sin saber de alguien. Ni siquiera el primer día de curso, antes de empezar las clases nos vimos porque la vorágine me arrastró. Estaba tan feliz y tranquilo pensando en lo que me esperaba que no fui consciente hasta que entré a clase y lo busqué con la mirada y no, no estaba. Me senté solo, como siempre había hecho en los cursos anteriores. “Estará enfermo”, pensé. Pero cuando el tutor pasó lista la A de amor no existía en ese abecedario´. Él no estaba dentro y lo que iba a ser el Genesis, se convirtió en el Apocalipsis. Las horas antes del recreo el corazón me fue escalando por la garganta y al salir al patio ya lo tenia en la boca, palpitando, sin dejarme respirar, bombeando sangre hasta notar como mi santa faz, quemaba. Jesús hubiera podido dejarla grabada en un pañuelo, a fuego, si al llegar a su lado me hubiera limpiado el sudor que me mojaba el rostro y la ropa. Lo busqué durante unos minutos eternos y no fue fácil dar con él. Parecía muy ocupado con una gente a la que yo no conocía y charlaba entre risas. Como su reino no venía a mi, tuve que ser yo quién hiciera la incursión para hacer su voluntad que en realidad era la mía. No se si me vio llegar. Si así fue, no hizo nada para constatar mi presencia hasta que estuve delante. Tampoco pareció azorado, ni con especial interés en calmar mi zozobra. De hecho, al preguntarle, no me llevo a un lado, me contestó resignado sin más rodeos delante de la gente a la que no conocía, que me miraban como si estuviera recién resucitado y viniera de un sepulcro. Que los incluyera a ellos dentro de lo que yo pensaba que era nuestra intimidad, me dolió especialmente. Podía haber dicho “Noli me tangere”, pero no, lo que dijo fue lo siguiente:

“Mi madre no quiere que estudie letras. Después de hacer la matrícula vino ella a hablar con el director y me cambió la matricula. Me he pasado todos estos días peleándome con ella y me ha dicho que si no admitía el cambió, no pagaría la matrícula La semana pasada la pelea fue tan fuerte que mi padre zanjó la discusión dándome una bofetada. Nunca me había pegado ¿Sabes? Ya te digo que no quiero darle más vueltas. Esto lo que hay aunque me joda. Es lo que hay y punto”.

Efectivamente, es lo que había y aunque él ya daba la impresión de que lo había digerido, yo no. Fue la primera vez que sentí un síntoma que ya siempre me acampañaría en los desengaños amorosos; las nauseas. Las nauseas apenas me dejaron responder pese a las miles de cosas que querría haberle dicho. Podrían resumirse en un “Hágase tu voluntad”. Porque sí; lo hubiera hecho todo. Desde alfa hasta omega. Me hubiera encadenado, nos hubiéramos escapado juntos del diluvio en un arca, a algún lugar. Habría provocado que el  fuego purificador acabara con el  instituto, hubiera hablado con su madre, la hubiera convencido hasta llegar a la amenaza y hacerla regresar a la cordura. Habría convertido el agua en vino si fuera necesario ante una leve insinuación, pero no fue necesario porque esa insunuación nunca llegó  Si en ese momento hubiera seguido mi camino sin mirar hacia donde él estaba posiblemente las cosas hubieran transcurrido de otro modo, pero al volver la vista atrás, lo vi, rodeado de sus nuevos compañeros. Y se reía. No digo que pareciera feliz, pero se reía. Me sentí trágico y me sentí ridículo.  No debía haber mirado atrás cuando me alejaba, nunca debí haberlo hecho. Por eso tuve un justo castigo y penitencia que me convirtió en estatua de sal . Los cristales se mezclaron con mi sangre hasta que el sabor salado me subió a la boca. Noté como el corazón los bombeaba para repartirlos por todo el cuerpo. Sentí que las piernas me fallaban y como desde los pies hasta la cabeza la sal inutilizaba mis miembros, mis órganos y hasta mi cerebro. Era un dolor seco, árido, sin salida, que ni siquiera me dejaba llorar porque los cristales salinos también habían taponado mis lacrimales. Tampoco me dejó pensar friamente y con claridad porque las neuronas se ahogaban en un lago salobre. Supongo que es lo que explica lo que ocurrió las siguientes horas, días e incluso meses. O esa es mi excusa. La sal. Con la perspectiva que me dan los años, sé que habrían sido posibles y mejores un buen puñado de opciones antes que la que tomé, pero recuerden; acababa de cumplir dieciséis años y la frialdad en los actos no es una de las características más acusadas cuando te has convertido en estatua de sal.

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De este modo fue como dejé de buscarlo, de llamarlo y de relacionarme con él con la loca, absurda y tonta idea de que él reaccionaría, dejaría todo y vendría a buscarme para escaparnos juntos a los ríos de Babilonia Que el barro dejaría lugar a la carne , que resucitaría de entre los muertos y que más pronto que tarde notaría que le faltaba una costilla.  Lo suponía como si Jesús me hubiera prometido algo alguna vez, como si las cosas estuvieran ocurriendo por su voluntad, como si él, como yo no era, fuera dueño de su destino en años tan tempranos. Pero eso no ocurrió.Se hizo mi voluntad así en el cielo como en la tierra y no nos cruzamos en ninguna ocasión. El instituto y el patio eran lo suficientemente grandes para que así ocurriese. El luto que me impuse fue tan estricto que ni siquiera pregunté por él a los amigos en común. Y así fue como, en aquel nuevo curso volví a mi reino de tinieblas y oscuridades, a sentirme solo, a perder el interés por todo, a dejar de lado a la gente que apreciaba y me quería y aunque no podría afirmarlo con seguridad, es posible que pudiera llamarlo depresión. La bruma.

De entre todos los profesores que tuve aquel curso, había uno con el que entablé una buena relación. De literatura, cómo no. Debió verme evidentemente hundido e insistió en que entrara en el periódico del instituto que de periodicidad trimestral, se repartía como panes y peces a los más de mil alumnos que pululábamos por allí. Accedí.  En la redacción hacíamos debates interminables sobre la conveniencia o no de publicar tal o cual artículo y en una de aquellas reuniones el profesor me pidió que escribiera un relato para navidad y como un fogonazo, lo tuve claro y dije que sí. Sin haberlo escrito, ya sabía el titulo. Se llamaría “Un tal Jesús” De manera obsesiva, deseaba llegar a casa y ponerme a escribir en una libreta nueva, lustrosa, que compré ex profeso, Dejé de estudiar, dejé de ver a gente. Sólo deseaba que me dejaran en paz, encerrarme en mi cuarto y escribir. Fue la primera vez y ya siempre ocurriría en mi vida. La literatura como terapia, como medicina, como la forma en la que ordeno mis pensamientos, mis ansias y mis sufrimientos, los descargo y dejan de ser míos y a la vez, dejan de dolerme. Unos van al psiquiatra. Yo, escribo. El relato era una torpe, disparatada y chapucera narración donde un único personaje descubre que su mejor amigo llamado Jesús ha muerto y decide encerrarse en su habitación aprovechando que sus padres están de viaje. Pero cuando digo encerrarse, digo poner ladrillos a la puerta (literalmente) y esperar a morir en una agonía que mezclaba lo real con lo onírico. Como quién se encierra en un sepulcro. El pudor que me da leer aquel relato ahora, la vergüenza de lo mal escrito que está aún me dura tres décadas después y sin embargo, de todo lo que he escrito, hay algo que me admira en ese texto de apenas tres folios. Es una declaración de amor salvaje, brutal, descarnada y a la vista de todos. No usaré la palabra “valiente” porque no era consciente hasta que punto me desnudaba delante de todo el instituto. En verdad os digo que cuando lo estaba escribiendo no era consciente de que no era un relato; era una confesión y un grito para que Jesús volviera a mi lado. Así que el día en que repartieron el periódico antes de las vacaciones de navidad, me moría de los nervios y el sudor me tenía en un diluvio universal. Todos llevaban su ejemplar, en la calle comentaban una viñeta o una foto de viaje de estudios y por ahora,  nadie parecía caer en la cuenta de mi declaración- Mas todo sufrimiento valía si conseguía mi propósito; resucitar a Jesús de entre los muertos y que viniera a mí.

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Ocurrió, sin embargo, que nadie entendió nada. Posiblemente fuera una suerte, porque si hubieran comprendido me hubieran crucificado sin ser yo el que se llamaba Jesús. La cercanía con las fiestas navideñas hizo que la mayoría de gente supusiera que se trataba de un relato religioso, una alegoría para celebrar mi comunión con Dios porque el cuento breve acababa con la aparición milagrosa de un ser de luz. De hecho, la única felicitación que recibí fue del profesor de religión, que se mostró sorprendido por mi renovada fe y misticismo. El relato le parecía una modernización  de la pasión y muerte de Jesucristo muy apropiada para jovenes y hasta me pidió permiso para editarlo en una hoja parroquial. No podía creérmelo, no salía del estupor mientras lo escuchaba. Si precisamente era justo, era mi deber y mi salvación que en ese momento de mi vida había dejado de creer y la religión me parecía un fraude impresentable.Pero el azar confabulaba en mi contra. Si mi amigo Jesús no se hubiera llamado Jesús. Si no hubiera sido navidad y mi relato no hubiera parecido un cuento navideño. Si yo hubiera sido otro. Si el mundo fuese distinto. Si la vida mereciera la pena. Todo era de una irónica crueldad que asustaba. Pensamientos que me atormentaron durante todas las navidades porque pasaban los días y él no me llamaba, no vino corriendo hacia mí al saber de la altura de mi amor, ese amor que me atreví a proclamar a la vista de todos sin ni siquiera ser consciente. Porque sí, la tremenda decepción escondía la sorpresa de que el mundo no me daba el obsequio que yo pedía. Había colocado en el altar la ofrenda de mi amor a la vista de todos y no servía de nada..Qué frías fueron aquellas navidades y qué solo llegué a sentirme, repasando mil veces escenas vividas con él, llegando incluso a suponer que sus padres lo habían descubierto enamorado de mí y querían separarnos.  Las imagenes de los nuevos amigos de Jesús riendo mientras él les contaba cosas mías  me atormentaban. Qué salados pasaron los días y cuanta bruma volvía a haber a mi alrededor. El dolor me volvió una persona rabiosa que castigaba a todos por lo que creía era una gran injusticia y no creo que mi familia guarde buen recuerdo de mi comportamiento esos días. Hay que se gilipollas.

Al regresar de vacaciones, alguien me contó que Jesús había dejado el instituto, que no volvería más y que probablemente trabajaría con su padre. Entonces fue como si Dios me quitara las escamas de los ojos y me caí del caballo. Había necesitado cuatro meses para verlo . Vi la clase de cerdo en que me había convertido.  Vi cuantas cosas injustas y dolorosas podemos llegar a hacer tomando en vano el nombre del amor. Porque Jesús tenía sueños como los tenía yo, soñaba con la universidad y con hacer algo lejos de la empresa de su padre y si había renunciado a sus sueños debía ser que la fractura producida en su vida era de proporciones bíblicas, una brecha gigante abierta en el Mar Rojo que partía el agua en dos. En vez de apoyarlo, de estar para lo que Jesús necesitara, de ser hombro, camino y tratarlo como al hijo pródigo, lo castigué con una estúpida y dañina actitud. Lo había presionado aún más, lo había convertido a él en responsable de algo en lo que no tenia culpa, lo había transformado en centro de mis obsesiones a la vista de todos…¿Qué mierda de amigo era yo? ¿Cómo había tardado tanto en caerme del caballo? ¿En que clase de persona me convertía cuando de él sólo había recibido buenos gestos, amistad y cariño?  Cuando lo vi tan claro, me hubiera dado de hostias. Me odié, me puse violento conmigo mismo. Las fotos de esos meses muestran a un adolescente rarito, oscuro, que nunca sonríe. De nada servía tener una epifanía si llega demasiado tarde. De hecho, nunca más supe de él.

Mirar atrás es un gesto que cada vez más me llena de melancolía y cuando miro aquellos quince me parece prodigioso haberlos vivido. Un prodigio y una bendición. Pasaron los años. la bruma desapareció para siempre, conocí la palabra  hecha carne en hombres que quise y me quisieron,  sin embargo, aún me acuerdo de Jesús ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Se habrá vuelto un tío bobo y fondón? ¿Cuantos hijos tendrá? ¿Tendremos algo que ver en la actualidad o se habrá convertido en un pobre ser sin salvación posible? De todo lo que que me ha ocurrido, los últimos hechos que acabo de relatar están escritos con letras de oro en el libro de las cosas que cambiaría y que me avergüenzan. Perder a Jesús es un pecado que  no tiene penitencia posible ni redención y tampoco la quiero. Merezco el castigo. Estoy condenado. Y como ocurre en la vida, no hay moraleja ni un final cerrado, no puedo escribirlo porque no existe. Tú, que has sido tan valiente, voluntarioso y pertinaz de llegar hasta estas líneas, te estarás preguntando qué sentido tiene contar esta historia si no hay un verdadero final.

Es obvio. Como hace treinta y tres años, he vuelto a escribir una historia para que la lea Jesús, allá donde esté y donde se encuentre, así haya pasado tanto tiempo que ni él sea el que fue ni yo, en realidad, sea el que fui. Pero esta vez  he escrito la historia con versículos de sal con la única intención de que permanezca escrito, sin pedir ni esperar nada, solo  darle las gracias por haberlo conocido y sin duda, pedirle perdón. Es casi imposible que pueda leer esto, lo sé, pero  necesito escribirlo, dejarlo para la posteridad como qiuién tira una botella al océano con mensaje dentro. Además, ocurre una cosa, no creo en la magia, ni en la religión, ni en los milagros, ni en las naciones, ni en las banderas ni en un Dios todopoderoso. Sólo creo en Jesús y en el poder redentor de la literatura, de que lo escrito tiene la capacidad de trascender más allá de lo humano y lo divino . Así que solo me queda confiar y tener fe. Y esperar a que dentro de tres días, ocurra el milagro.


Sobre el autor

MM

Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente.