Fuimos a ver “Villaviciosa de al lado” y salimos bien follados

Ayer estuvimos en el estreno de Villaviciosa de al lado, la nueva película de Nacho García Velilla. Y claro, pensábamos que íbamos a ver otra película española de comedia, ya sabes, humor blanquito, un poco cuñao, con un poquito de sátira política y su rollito de enamoriscamiento entre los protagonistas guapos y eso. Vamos, un nuevo ocho apellidos vascos, y tal…

Pero no.

¿Por qué no? Porque es eso y mucho más. La historia ya la sabéis, porque además es una historia real, la de Quintanar de la Orden, un pueblo de Toledo donde tocó el gordo en 2013 y un club de alterne repartió unas participaciones. Vamos, la típica guerra de los sexos, reflejadísima en la escena de la plancha (no digo más para que no me digáis que hay spoilers). Pero no. No es la típica guerra de los sexos que estamos acostumbrados a ver. Porque en estos momentos en España tenemos una enfermedad, que es la correción política. Todo tiene que ser blanquito, suave, cuqui, y “Villaviciosa de abajo” no lo es. Es un humor incómodo, bruto, más cerca de Russ Meyer o Divine que de Pajares y Esteso, y eso, a la gente que le duelen los chistes que les tocan de cerca, pues les duele. Nacho García Velilla y su equipo podrían haber hecho otra película cuqui, otro “Fuera de carta” u otro “Perdiendo el norte”, pero en vez de darnos cachetitos en la cara han decidido soltarnos un par de ostias bien dadas, algunas camufladas y otras menos, a diestro y siniestro.

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Y es que en la película hay ostias para todos, para la clase política, representada en el enorme papel de Leo Harlem (Goya al mejor actor novel ya, por favor), para los neorurales, para los de izquierdas, para los gays, para los negros, para las mujeres, para los que escriben tuits en el límite del humor y para los que llevan al escritor de los tuits al juzgado cinco veces, para los curas, para ti y para mí, que tuve que recular un par de veces en la silla. Porque es muy jodido cuando te das cuenta que no estás tan limpio como pareces. Me dolió y me reí muchísimo con el papel de tonto que hace Salva Reina, otro de los grandes descubrimientos que mantienen la película.

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Seguramente habrá mucha gente a la que no le guste la película. Pero estoy convencido que con el paso del tiempo se reivindicará. Y es que como dice mi madre: un buen chuletón está mucho más rico si le echas un poco de sal gorda, que con la sal fina pues al final toda la carne te sabe igual.

Ah, y por cierto, quedaros con este otro nombre: Florin Opitrescu. Ha pasado a engrosar el olimpo de mis fantasías lúbricas.

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Sobre el autor

Hilde

Soy hipocondriaco, paragnósico, ateísimo y me tiro pedos.