#PaquitaSalas

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Si el desarrollo de las nuevas plataformas digitales de contenidos y la generalización de las aplicaciones para Smart TV están cambiando radicalmente la forma de consumir televisión, las redes sociales están suplantando en toda regla las estrategias usuales de promoción y publicidad. Si no, ¿cómo es posible que Paquita Salas haya alcanzado los 800.000 usuarios únicos en sus primeros cuatro capítulos? Si bien parecía que los “millenials” serían el usuario tipo de Flooxer (la nueva plataforma digital de A3 Media), la constante difusión en redes sociales y los trendic topics generados en cada capítulo han actuado a modo de eficaz boca a boca virtual, atrayendo nuevos espectadores y convertiendo la webserie dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi en un éxito fulgurante de crítica y público. Entre sus fans incondicionales encontramos no sólo al telespectador de la generación YouTube, sino también a muchos actores, actrices y artistas nacionales de diversas disciplinas, propiciando como elemento dinamizador y reclamo promocional, los cameos más codiciados desde la saga Torrente.

 

El novedoso formato, la agilidad de los diálogos y la inmediatez de las tramas han sido determinantes en el gran éxito de esta serie. Lo primero que llama la atención es la extrema naturalidad que traspasa la pantalla, al estar grabada como falso documental, pero con una técnica cuidada y un calculado desarrollo de los capítulos. Además de la magnífica dirección y el ocurrente guión de Los Javis, toda esta locura ha sido posible gracias al papelón de Brays Efe, metido en cuerpo (literalmente) y alma en el personaje de Paquita Salas. Nadie como él podría encarnar a esa representante de artistas ya entrada en los 50 que, atropellada por la tecnología y los nuevos tiempos (impagable la hilarante escena del e-mail y del spam), se va quedando poco a poco al margen del competitivo y exigente negocio audiovisual, conviertiéndose en epicentro de las traiciones propias de ese complicado mundillo. Pero es una luchadora que persevera en su empeño de triunfar con PS Management, y no escatima en maniobras de todo tipo para conseguir un contrato o una audición (desde falsear el curriculum de sus representados a acostarse con productores, entre otras). Su don de gentes, su mano izquierda en situaciones comprometidas, su abnegada dedicación (“Casada con esto”) y la inestimable ayuda de su colaboradora Maüi Moreno (la actriz Belén Cuesta) parecen actuar como único freno a la inevitable obsolescencia que se cierne sobre Paquita.
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Paquita es proteccionista con los suyos y destila una bondad natural enternecedora, que la mayoría de las veces le devuelven en forma de aprecio y cariño (impecable y tremendamente emotiva la actuación de Macarena García en la Seminci debatiéndose entre la gratitud y el remordimiento por haber prescindido de sus servicios). Y es que en Paquita Salas vivimos un conflicto permanente entre el sentido de la lealtad (encarnado en Maüi Moreno y Lidia San José) y los intereses más individualistas de los demás artistas y colaboradores. De ahí los silencios reflexivos aguantando el dolor y recomponiendo el gesto tras cada golpe. Maüi es la ayudante prudente y fiel, atrapada a veces en su timidez, pero capaz de sacar las uñas por su jefa cuando la ocasión lo requiere. Sus errores hacen más humana a Paquita, que transita con rapidez del enfado a la condescendencia.
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Pero el perfil humano de Paquita, que genera sentimientos que se debaten entre la ternura y la compasión, también nos regala especiales momentos de humor agridulce, con Brays bordando ese aire improvisado y espontáneo que impregna los actos de la representante. Su falta de complejo la lleva a actuar con determinación para defender sus intereses, sin ningún pudor a hacer el ridículo, como en la escena del teatro con el representante y ex-compañero Fernando Canelón (Secun de la Rosa). Sorprende esa seguridad en sí misma rayando lo esperpéntico frente a situaciones embarazosas, la asombrosa capacidad de aparentar entereza frente al rechazo o la ignorancia de sus compañeros de profesión. Y cómo la humaniza esa forma compulsiva y despreocupada de comer para calmar la ansiedad, como sacando fuerzas de su propio derrumbamiento para seguir adelante. Nos inquietan ese histerismo y visceralidad que destila cuando le dan los arrebatos ante cualquier dificultad, o cuando el orgullo herido tras el abandono de Mariona hace que su amistad con Maüi se tambalee. La perseverancia es otro de sus puntos fuertes, pero también la resignación. A pesar de los abandonos, no flaquea en su empeño por encontrar nuevas caras, nuevos talentos, a las que propone convertir en estrellas… al final Paquita nos gana definitivamente, cuando en un alarde de generosidad, acaba asumiendo que su verdadero rol es descubrir el talento de las actrices, llevarlas a lo más alto, y una vez logrado el éxito, dejarlas volar.

 

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Pocas veces se consiguió llegar al corazón del espectador con tan escasos medios. Y es que otra de las claves del éxito de “Paquita Salas” es esa engañosa falta de pretensiones, despojada de la obsesión por gustar o sorprender, simplemente dejando fluir la historia y los personajes. Sólo así se consigue aflorar el potencial universal del cliché cotidiano y local, casi costumbrista, que le otorga toda la autenticidad que rezuma el personaje. Paquita se acerca al estereotipo almodovariano de mujer temperamental, impulsiva, alterada y de modales ordinarios que ya es difícil que el sofisticado manchego vuelva a repetir en alguna de sus entregas, ya sea por el peso de su status, por imperativos comerciales o por temor al batacazo, 

 

La música adquiere un protagonismo muy especial como elemento absolutamente clave en la serie. Ya sea para ambientar la cabecera de los capítulos con un aire castizo al más puro estilo Aída, con la rumba “Ay Paquita” de Alberto Jiménez. O para apuntalar los sentimientos más emotivos que afloran en los momentos finales de los capítulos, melodías que quedan indisolublemente unidas a esas imágenes… aquí hay que rendirse a la belleza y emotividad de “El hombre del tiempo” interpretada por El Buen Hijo (Marco Frías), con esos acordes de guitarra que transmiten una melancolía en estado puro y una honda desolación que te hacen derrumbarte como un adolescente, y a la soberbia ambientación que logra ese enorme “Respirarde Bebe que brilla al final del último capítulo como un canto a la esperanza y a la ilusión por afrontar nuevos retos.

Paquita Salas podría reflejar la historia de aquella generación que despertó del franquismo en plena juventud, y que llegó a prosperar empresarial y socialmente en los felices 90, pero a la que la brecha tecnológica y el relevo generacional del nuevo siglo acabó dejando atrás en ciertos ámbitos, minando sus perspectivas profesionales y de futuro. Por eso la sombra del drama planea peligrosamente en esa lucha constante por sobrellevar su decadencia. Cada deserción de uno de sus representados es una piedra en el camino, pero también una nueva oportunidad para descubrir a la nueva “actriz 360”… Me pregunto cómo serán las próximas exigencias que nos depare la evolución tecnológica, y si estaremos preparados para adaptarnos a este mundo que cambia tan vertiginosamente. Y es que todos podemos ser Paquita. Porque la ley del más fuerte no respeta a nadie. Pero quizás los más auténticos consigan salvarse.

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Sobre el autor

DJ Farrow

Electropop. Fútbol. Cerveza fría. Todo en buena compañía.