Y bailaré sobre tu tumba… reflexiones en torno al negocio de los muertos y otras vergüenzas nacionales

En un otoño tan calentito como éste de 2016, con Rajoy saboreando la investidura a finales de octubre tras consumarse el abstencionazo cocinado en las cloacas de Ferraz, el asesino de Campoamargo campando a sus anchas entre cultivos en la segunda temporada de Mar de Plástico, o con la hucha de las pensiones bajo mínimos (y la Ley Mordaza sofocando de antemano la previsible revuelta social de yayos votantes del PP), el miedo ya lo tenemos metido en el cuerpo. O quizás ya estamos curados de espanto. Así que, desde esta perspectiva, las posibilidades para aterrorizarnos en este Halloween 2016 se reducen sensiblemente. Son otras cuestiones (que también dan miedo) las que vamos a analizar con motivo de estas fiestas. No es ninguna novedad que existe rechazo y aversión hacia Halloween por parte de los sectores más religiosos que cada año por estas fechas reavivan una soterrada polémica entre detractores y seguidores de esta controvertida (???) festividad. Sectores ultraconservadores que, a la espera de lo que pueda deparar la segunda entrega de la cabalgata de Carmena o los excesos del próximo carnaval, aprovecharán para coger fuerzas tildando de macabra, excesiva y poco edificante esta “fiesta de los muertos”. Queridas amigas, en esta entrada veremos quién resulta al final más tétrico.

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Pese a estos recelos, sin embargo, las raíces de las celebraciones propias de estas fechas nos desvelan ciertos orígenes comunes y no difieren tanto en el fondo como en sus elementos y rituales característicos. En la festividad cristiana de Todos los Santos, la Iglesia homenajea y rememora de forma solemne a todos los difuntos que, superado el purgatorio, se han santificado alcanzando la visión de Dios, con ofrendas florales en los cementerios y exhibición de reliquias en algunas catedrales como principales actos simbólicos. La moderna fiesta anglosajona de Halloween – All Hallow’s Eve o Víspera de Todos los Santos – tiene su origen en la conciliación de la celebración del Samhain de origen celta (que conmemora el fin de verano o de la temporada de cosechas), con la festividad cristiana del Día de Todos los Santos, y sus rituales, de los que hablaremos después, son de sobra conocidos. Mientras que la celebración del Día de los Muertos de México y otros países centroamericanos es el resultado de la fusión del culto a la muerte de los indígenas precolombinos con algunos rituales católicos del Día de Todos los Santos. Presenta un carácter más festivo en el que, junto a las visitas a los panteones para adornar con flores a los muertos, se colocan altares en los hogares con imágenes y objetos personales de los difuntos, velas, incienso, música, comida y licores, y ha dado lugar a una rica y espectacular iconografía.

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En nuestro país, como decíamos, Halloween es una fiesta denostada en general por los sectores conservadores ultracatólicos y los viejos del lugar (valga la implícita redundancia), bueno, y también jóvenes matrimonios de tendencias opusinas, que alegan que se trata de una “tradición yanqui” sin nada que ver con nuestra cultura, ignorando las raíces comunes anteriormente comentadas… los mismos que no le hacen ascos a otras costumbres americanas tan implantadas y aceptadas como la comida basura, los centros comerciales o la cocina con isla. A pesar de su considerable y creciente aceptación social, Halloween es, de hecho, una fiesta vetada en la práctica totalidad de los colegios religiosos del país, tanto privados como concertados. Quizás lo que subyace en el fondo es la necesidad de conjurar la amenaza de que la tradición española del “Día de Todos los Santos” acabe cayendo en el olvido entre la juventud, más propensa a encontrar la espiritualidad en el fragor de un botellón del viernes por la noche que cabeceando en el sermón de los domingos. Consideran una afrenta que la fiesta americana de Halloween se haya impuesto con esa abrumadora fuerza a la no menos tétrica costumbre de visitar cementerios, en un país donde (precisamente) a muchas personas se las comienza a valorar en serio una vez han fallecido. Al margen de los motivos religiosos, otro argumento frecuentemente esgrimido es el exagerado y casi obsceno mercantilismo y libertinaje que envuelve el fenómeno Halloween, plagado de películas de terror estrenadas ad hoc, fiestas de disfraces donde reina la procacidad y una interminable avalancha de productos abarrotando los chinos y las tiendas de chuches… según protestan muchos de los que asumen con naturalidad el indecente despilfarro navideño, aquéllos dispuestos a pagar millonadas por un balcón céntrico o por un hotel en plena Semana Santa sevillana, a tirar la casa por la ventana para alquilar casita y coche de caballos en El Rocío, o alentar el extraordinario negocio que “florece” el día 1 a las puertas de los cementerios. Reconozcámoslo: la mayoría de las tradiciones son celebraciones colectivas de acontecimientos que tuvieron lugar en un momento histórico determinado, con rituales propios de sociedades muy distintas a las actuales, que se han ido imponiendo por la costumbre desde épocas remotas y cuyo principal (aunque no único) motivo de perpetuación en la actualidad es el impulso y saneamiento de la actividad económica local y el reclamo turístico, por lo que ese mercantilismo subyacente es, inevitablemente, denominador común de todas ellas.

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Pero haremos hincapié en el triste destino que tiene este país de convertir en dolor, tristeza, confrontación, muerte y miseria humana lo que en otras sociedades y culturas es motivo de fiesta y celebración. Aquí unos ejemplos:

Tanto el Día de los Muertos de México como la fiesta de Halloween presentan un carácter desenfadado, festivo e integrador, frente a ‘nuestra’ festividad de Todos los Santos, de connotaciones más místicas, con rituales que se limitan a la ingesta de gastronomía hipercalórica y a las visitas de cortesía al cementerio para dejar flores a los muertos en un ambiente de recogimiento y desconsuelo, una práctica tan respetable como anacrónica, relegada cada vez más a las personas de mayor edad; las nuevas generaciones asumen que la pena y el dolor por nuestros seres más queridos se lleva dentro y nos acompañará toda la vida, con mayor o menor intensidad, sin necesidad de que una fría lápida tenga que ser testigo de una autoimpuesta aflicción el día que marca el calendario. En estas fechas, como no creyente prefiero reivindicar la tradición teatral del Don Juan Tenorio, releer a Bécquer, Larra, Rosalía o Espronceda, preservar y transmitir ese valioso acervo cultural del que sí nos podemos sentir orgullosos.

La fiesta de la primavera en el centro y norte de Europa (Easter) tiene un origen pagano asociado a la fertilidad de la tierra tras el invierno, que en la tradición cristiana se corresponde con la Semana Santa, donde se recrea la crucifixión, el sufrimiento (pasión), muerte y resurrección del símbolo de los cristianos. Sin embargo, el progresivo laicismo que se abre paso en un país eminentemente católico pero plagado de “no practicantes” plantea un dilema cada vez más evidente que va transformando los golpes de pecho y el silencio en las procesiones por los empujones y la jarana en los chiringuitos de playa… adivinad quién va ganando. ¿País de hipócritas o simple evolución social?

Y la mal denominada fiesta de la democracia de muchos países civilizados, aquí la convertimos en corrupción institucionalizada, odio visceral y bloqueos irresolubles entre las dos Españas. No obstante, al menos en esto no somos los peores… no están los americanos para dar lecciones de democracia viendo el lamentable espectáculo del juego sucio incrustado en el armazón de su sistema electoral, con la campaña convertida en vergonzante ring de boxeo dialéctico.

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No nos debería extrañar esta perversa tendencia destructiva y necrófila de nuestro país en el disfrute de algunas de sus fiestas, pues ya lo dice su propio nombre (Es-“pain”). España se regocija en el dolor, la crueldad y la confrontación social en la celebración de la muerte. No en vano, hablamos de un país cuya “fiesta nacional” consiste en elevar a espectáculo cultural protegido la cruel muerte del toro en la plaza (con el beneplácito del Constitucional) y otras manifestaciones de maltrato animal aún vigentes. Los católicos más profundos se asustan de los excesos, las máscaras y los disfraces de Halloween, desconociendo que en su origen tenían por objeto la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos, esos que tan presentes están en nuestra sociedad. PPersonalmente me da más miedo un traje de luces, no digamos ya el del Ku Klux Klan los nazarenos.

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Prueba irrefutable de este temor de las instancias eclesiásticas y de los sectores religiosos ante la “amenaza” que supone Halloween es la iniciativa del Arzobispado de Cádiz y Ceuta (que ya va por su tercer año) que pretende celebrar un Halloween alternativo con el ocurrente nombre de “Holywins” (sobre la que publicaremos un post comunal). Esta iniciativa, que aseguran que nació en París en 2002, propone que en las distintas parroquias, los niños se disfracen de “santos, santas, vírgenes o apóstoles” para recuperar “la tradicional celebración cristiana de Todos los Santos, dejando a un lado la conocida fiesta de disfraces de zombis, fantasmas, esqueletos o monstruos heredada de Estados Unidos” (versión sotánica del “yankies go home”). Como podéis comprobar, una propuesta rabiosamente tentadora e irrechazable para nuestra juventud. Entre las lindezas de su argumentario, pretenden evitar que los niños cristianos se vean absorbidos por el “ambiente contrario a la esperanza de resurrección” que según ellos crea la fiesta de Halloween… pero almas de cántaro arzobispales, ¿qué hay más cercano a la resurrección que deambular como zombies por las calles, acaso no habéis visto “The Walking Dead”, copón??

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Una propuesta tan oportunista (por aprovechar el extraordinario clima festivo que se genera en torno a Halloween para intentar reconducir esas almas hacia rituales o iconografías más cristianas), como ridícula, porque apenas logra ocultar la impotencia y preocupación de la Iglesia frente a la galopante pérdida de interés en las tradiciones cristianas por parte de las nuevas generaciones. Veremos qué seguimiento tiene por parte de esos padres capillitas que obliguen a sus hijos en edad de catequesis a participar en esta especie de Belén viviente fuera de temporada.

Y ya vamos terminando para que se me pueda ir deshinchando la vena. Proceda de donde proceda, siempre he mantenido que no hay ninguna tradición que me merezca especialmente respeto como para celebrarla y seguirla a nivel personal, más allá de su vertiente cultural y socializadora, que hay que valorar en algunos casos. El “truco o trato” me parece una práctica tan aberrante, embarazosa y de mal gusto como la ya casi extinguida petición de aguinaldo navideño, más propia de la hambruna de postguerra que de una sociedad avanzada. Sin embargo, en una celebración de marcado carácter simbólico y festivo como Halloween ¿qué hay de malo en que los niños y niñas de Españistán se disfracen de brujas o diablillos, si muchos de ellos ya se comportan como tales en sus travesuras diarias? Al menos, en esta fiesta ‘importada’, los niños se sienten protagonistas viviendo la emoción de una noche alocada llena de sobresaltos, disfrazándose de dráculas, zombies, vampiras o momias, contando cuentos o viendo pelis de terror y atiborrándose de chuches, mientras decoran calabazas o adornan con telas de araña las paredes (todo muy peligroso e inquietante).

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Personalmente, maldita la gracia que me hace disfrazarme, pero me alegra ver a tantos adultos acudiendo a las fiestas de disfraces organizadas que proliferan en Halloween. Cada uno es muy libre de divertirse, pintarse como una puerta y hacer el ridículo por la calle como mejor le parezca… ¿o ya no nos acordamos de la peineta y la mantilla de Cospedal en el Corpus? Lo grave es que algunas personas no necesitan máscaras para infundir miedo.

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Sobre el autor

DJ Farrow

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