Enganchados a la “opinión de mierda” de Los Punsetes

 

Será por nuestro carácter latino tan abierto, sociable y conversador, pero lo cierto es que España es uno de los países del mundo donde más penetración han tenido las redes sociales. Ya en 2015, el 82% de los internautas de nuestro país eran usuarios de las redes sociales, lo que suponía más de 14 millones de usuarios (datos extraídos de un estudio de Interactive Advertising Bureau). Si eliminamos a los niños menores de… ¿14 años? y el contingente de personas de la tercera edad no informatizadas, la conclusión es que queda una escasa proporción de la población que no esté conectada. Extraordinario caldo de cultivo para que los locuaces e irreverentes Punsetes compusieran una acertadísima letra en el tema “Tu opinión de mierda” de su álbum “LPIV” (2014), reprobando el mal uso de las redes sociales, y creando un nuevo himno generacional que ahora Canadá ha inmortalizado en un curioso vídeoclip. Analizando esta sencilla pero ilustrativa letra del grupo madrileño, comprobaremos con cuánta facilidad y asiduidad experimentamos día a día lo que transmite cada vez que acudimos a relacionarnos virtualmente a las redes y foros.

 

 

 “Que no pase un día sin que des tu opinión de mierda

Que no pase un día sin que cuentes tus miserias”

Esta extraordinaria habitualidad en la utilización de las redes sociales ha creado distintos perfiles de usuario, o varias facetas dentro de un mismo perfil: el polemista, que plantea constantemente temas altamente conflictivos o rebate instintivamente sobre los mismos; el opinador compulsivo que siempre tiene algo que decir aunque desconozca la materia objeto de debate; el activista político, que comparte con fruición cualquier noticia que desacredite al partido contrario y vive cada nueva imputación como un orgasmo; el expositor de sus miserias o cotidianeidades intrascendentes (del que daremos buena cuenta); el irritante felicitador de cumpleaños (que sí… que ya nos hemos enterado lo mucho que aprecias a tu “amigo” por felicitarle a la vista de todos, previa notificación recordatoria de la onomástica); el adulador digital, siempre dispuesto a darle al ‘Me gusta’ para quedar bien con el artista o personaje relevante de turno; los frustrados beligerantes que la emprenden (con o sin razón) contra los famosos sacando punta a cada declaración o avivando cada malentendido (luego volveremos sobre el tema), pagando así con ellos su rabia existencial… en definitiva, hay casi tantos perfiles como usuarios.

 

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No me interesa la vida privada de nadie. La intimidad es, o debería ser, algo tan intocable que esa forma que tienen algunos de exponer tan a la ligera, para llamar la atención en las redes sociales, las sagradas pequeñeces de su reducto cotidiano de tranquilidad y esparcimiento (que sólo deberían pertenecerte a ti, a tu pareja e hijos o amigos íntimos), es algo que muchas veces me sobrepasa. Todavía me sigo cabreando cada vez que alguien publica en Facebook lo que va a cenar, el sitio por el que transita (sin ningún motivo especial), si se está machacando en el gimnasio, o lo exclusivo o lejano que es el lugar donde está pasando las vacaciones, la mayoría de las veces con la intención de mostrar veladamente sus habilidades culinarias, o bien restregar a los demás su acomodada calidad de vida o alardear de los viajes que le permite realizar su saludable poder adquisitivo. Sólo cuando conoces realmente a esa persona puedes descubrir si publica con esa intención o si le guía una mera y sana intención divulgativa en el sentido más enriquecedor de la palabra. Esto sucede porque los numerosos amigos virtuales no siempre suelen coincidir con los (más escasos) amigos verdaderos que tenemos en la vida real, la gente con la que has compartido pupitre, y posteriormente borracheras, graduaciones, penurias laborales, éxitos o fracasos deportivos, desgracias personales, subidones en conciertos o inolvidables charlas en bares. En ocasiones he dejado de seguir a gente por esa falta de conexión existencial. Cuando decido seguir a alguien en Facebook (no tengo ni necesito Twitter ni Instagram, LinkedIn o Pinterest…) es porque comparto con esa persona gustos musicales y culturales o planteamientos vitales, o porque me encantan sus discos y quiero apoyarle difundiendo moderadamente su obra, o simplemente admiro cómo pincha… pero no me interesa lo más mínimo saber qué ha desayunado, si los domingos sale en bicicleta a pedalear, si “opina” que Irán financia a Podemos, ni siquiera si está escuchando en bucle los “Robots Románticos” de Fangord Fangoria… si después no es capaz de escribir ni una sola línea argumentando  por qué es importante que conozcamos las calorías que ingiere antes de salir de casa, por qué Iglesias es el mismo demonio, o por qué le pone tanto el veterano dúo polisentimental para poder debatir, en el mejor tono posible, sobre su última entrega. No me interesa conocer su opinión (de mierda) a secas. Me interesa, en todo caso, conocer su opinión argumentada y justificada, recubierta al menos de una fina capa de materia gris. Me interesa que comparta información sobre asuntos de interés en los que seguramente tendremos cierta complicidad y consenso (o no) y beneficiamos mutuamente con nuestro intercambio de impresiones, puntos de vista y comentarios respecto a un evento, suceso, publicación o información relevante que haya decidido compartir.

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Y si me indignan los que exponen sus miserias cotidianas (bastante tenemos ya con las propias y con ver los informativos), lo mismo puedo decir de quien presume gratuitamente de sus logros frente a desconocidos, o simplemente con ánimo de provocar. Hace unos años, en pleno recrudecimiento de la crisis, un conocido personaje multifacético de “un país pequeñito de ahí arriba” (como diría Guardiola), alardeaba de lo ocupadísimo que estaba con sus tres trabajos, y tuve que vetarle por ese comentario (y otras despectivas lindezas que había vertido con anterioridad), ya que mi conciencia me impedía seguir siendo amigo de gente tan insensible con el que sufre y tan asquerosamente complaciente con su afortunado estatus. Lo mismo que haría en la vida real. 

 

Ni un día sin hacer a alguien de menos

Ni un día sin abrir la caja de los truenos

La caja de los truenos no se cierra nunca en el mundo virtual. Parece que para estar en la pomada, para que nuestra presencia en las redes se haga notar, hay que estar a la que salta, dispuesto a contestar enseguida a todo el que emita opiniones que no nos gustan, aunque muchos no puedan o sepan justificar la suya. En demasiadas ocasiones, la contención y la reflexión brillan por su ausencia en esta vorágine informativa y deformativa en que se han convertido las redes sociales. Y eso genera encendidas polémicas que muchas veces son difíciles de solventar o cicatrizar fuera de los Tribunales. De todas formas, nótese que en sede nacional, la despiadada crítica que desde hace tiempo sufren algunos artistas les ha servido precisamente de valiosa fuente de inspiración para algunos de sus temas (“Criticar por criticar”, “Tenemos que hablar de las plantas carnívoras”, “La marisabidilla…”). Y también a la inversa, la incontinencia verbal del desahogado dúo madrileño al que nos referimos les ha llevado a pronunciar recientemente irresponsables declaraciones que han propiciado un escenario idóneo para la práctica de un escrache virtual por parte de la PAH. Gran repercusión han adquirido últimamente cualquiera de las afirmaciones que ha tenido a bien proferir la vallecanísima Cristina Pedroche, cuya extrema habilidad para meterse en jardines (con sus escotes, sus transparencias, su cacareado apego al barrio o sus encendidas declaraciones de amor) han provocado que cualquier opinión que publique en las redes se vuelva inmediatamente en contra de la guapérrima, dicharachera e inconsciente presentadora.

 

Y si se trata de menospreciar, insultar o denigrar a alguien, el universo Twitter (en castellano ‘patio de vecinos virtual’) es la jungla cibernética donde se ventilan todos los trapos sucios, y desde hace tiempo, fuente inagotable de obtención de pruebas judiciales contra aquellos usuarios que desconocen los límites penales de la libertad de expresión. Pero no siempre se vierten acusaciones presuntamente delictivas en los 140 (ahora) 10.000 caracteres. A veces, como en el caso de los deportistas, los enfrentamientos y descalificaciones pueden tener cierta gracia e ingenio. En la reciente polémica entre Arbeloa y Piqué tras la derrota del Barça en Anoeta y el escándalo arbitral en Champions frente al Atlético de Madrid, el madrileño recordaba al central culé lo difícil que era para el Barça ganar un partido contra 11, mostrando con fina ironía en escuetos caracteres las vergüenzas del club del mundo más ayudado por los árbitros. A lo que el marido de la cantante colombiana respondió que no merecía respuesta un jugador que había sido titular una vez de 32 (ahondando en la agónica etapa próxima a su retirada por la que atraviesa el lateral madridista). Un intercambio de puyas cargado de agudeza y sarcasmo. Insano y lleno de odio y resentimiento, pero divertido.

 

 “Un montón de temas sueltos e inconexos

Aguardan el veredicto del experto

Otro aspecto importante a considerar es el de la adecuación y oportunidad de los comentarios y contenidos que se publican en Facebook o Twitter, o los que se envían a un blog de internet o grupo de Whatssap. Recientemente se publicó en los informativos (con reportaje completo y entrevistados, oiga) el caso de un colegio en el que un grupo de Whatssap creado por los padres de un mismo curso para coordinar información sobre las actividades académicas de sus hijos había llegado a desmadrarse de tal forma por la proliferación de chistes y comentarios fuera de lugar (por utilizarlo como cualquier otro grupo con amigos, enviando mensajes a cualquier hora) que un profesor tuvo que asumir la administración del grupo, delimitando horarios y fijando reglas de utilización. La inadecuación de los contenidos enviados a un foro o colgados en las redes pone en el punto de mira el “saber estar”, esa asignatura pendiente que muchos no aprobaron, una actitud prudente y un saber comportarse que debería practicarse tanto en el mundo online como offline. No hay que ser sociólogo ni psicólogo para concluir que, en el fondo, lo que subyace en este tipo de comportamientos es una mera cuestión de autoestima, soledad o timidez, ya que muchos buscan en las redes y foros la necesidad de reconocimiento y protagonismo (aunque sea virtual) que en la vida real se les niega.

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 “Todo lo que piensas es importante

Mejor que lo sueltes cuanto antes

Formas parte de ese noventa por ciento

De gente que se cree mejor que el resto

Y es que el intenso uso de las redes sociales ha disparado y democratizado las aportaciones de contenidos a estos foros, propiciando que se haya potenciado el ego del internauta hasta límites insospechados, no digamos el de los artistas. La obsesión con las opiniones y comentarios que se vuelcan en Facebook y demás redes hace que algunos famosos lleguen a perder la cabeza, inventando complejas conspiraciones contra su persona, como ha sido el caso reciente de la escritora y polemista Lucía Etxebarría.

En las redes se puede adoptar una actitud activa o contemplativa. Ese 90 % de usuarios (no creo que sea tanto) que inunda de opiniones y contenidos no es mejor que el que decide simplemente informarse y quedarse con lo todo lo bueno que pueda ayudarle para conformar una opinión sobre las cuestiones más candentes o de mayor interés. Lo mejor, como siempre, el término medio. 

 

Estás en tu derecho de brindarnos una mierda de opinión

Y es que todo el mundo se siente con derecho a opinar sobre cualquier tema en las redes. Cierto. En realidad lo tiene. Porque la libertad de expresión (y de reunión y manifestación…) ampara a todo el mundo, al menos hasta la Ley Mordaza. No obstante, dado que el raciocinio es lo que nos diferencia del reino animal, la opinión de una persona (además de otras cualidades y comportamientos) es uno de los aspectos que le define, por lo que, a priori, cualquier opinión que no atente contra la dignidad de las personas debería ser tan respetable como la persona misma. En definitiva, respetar la opinión de alguien, por diferente que sea a la nuestra, significa mostrar respeto hacia esa persona. Pero en el contexto que nos ocupa, el problema no consiste en que alguien pueda manifestar libremente su opinión. El problema radica en soltar una opinión en caliente y sin justificar, con tintes discriminatorios de cualquier tipo, o crear polémica gratuitamente sólo por adquirir protagonismo, provocar reacciones encendidas de los demás, o simplemente engordar el ego virtual coleccionando retuits, o recopilando ‘Me gustas’ y demás reacciones emoticónicas recientemente incorporadas por el programa de Zuckerberg. Creo sinceramente que hay que justificar lo que se dice para tener credibilidad, para que tu opinión pueda ser respetada por los demás, y no sea considerada “una mierda”. 

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Enhorabuena a los Punsetes por escupirnos a la cara, una vez más, con palabras tan directas, crudas y sencillas, verdades como templos sobre experiencias que vivimos cada día, y en un temazo con ese dulce aroma a Los Nikis que me tiene fascinado.

Ya conocen mi opinión de mierda. Ahora, les contaremos la verdad… QUIERO LA VERSIÓN DE JOE CREPUSCULO.


Sobre el autor

DJ Farrow

Electropop. Fútbol. Cerveza fría. Todo en buena compañía.