No voy a sentirme sucio

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Pero a ver, gilipollas, ¿quién cojones te crees que eres? ¿Quién te da derecho a decirme que soy un guarro, un asqueroso, un indecente, por hablar de pollas mientras tú te estás comiendo un bocadillo en un bar? ¿Quién te ha dado la superioridad moral del heterosexual rancio e intolerante que vive anclado en un pasado troglodita y retrógrado? ¿Tu Iglesia? Pues mira, me cago en tu Iglesia. ¿Tu pandilla? Pues me sobra mierda para enterrarlos a todos ¿Tu creencia personal de que como comes coños eres mejor que yo? Pues te vas a estar limpiando mierda durante meses, imbécil.

No tengo por qué sentirme sucio porque esté con mis amigos hablando de sexo, del sexo que practico con quien quiero y como quiero, en un sitio público, tomándome una cerveza, o dos, o tres, o diez, mientras tú, en un rincón, sólo y amargado, te estés comiendo un bocadillo. Yo no me meto con lo que me ofende que vayas con un chandal comido de mierda, sin haberte duchado en a saber cuántos días, mirando al infinito y acumulando odio hacia los que no son como tú. Guapo como tú solo, eso sí. Pero sucio. Tú sí que ibas sucio.

No tengo por qué sentirme sucio porque, después de decir al aire “chicos, dejemos de hablar de pollas, que igual a este chico tan mono no le apetece”, como un comentario jocoso y un pequeño piropo para alegrarte un día que, vistas tus pintas, era de mierda, tú decidas decirme “menos mal, porque me estáis dando ganas de vomitar mi bocadillo por escucharos hablar de pollas y de mierda”. Y continuar diciendo que la has metido en más culos que yo, aunque los tuyos llevaban el pelo largo. Pues algunos de los míos también. Y el cabello, también. Así que ahí también te gano. Imbécil.

Pollas y mierda. De eso va esta historia. Porque hay gente que puede “aguantar” que los homosexuales existamos, pero no que practiquemos la homosexualidad. Porque hay limitados mentales que creen que ser gay está bien “y tengo amigos gays y todo” pero que no pueden soportar la idea de que dos hombres -o dos mujeres, o tres o cuatro juntos, lo que sea- puedan follar como locos en una cama y, encima, enorgullecerse de hacerlo.

Tú, gilipollas retrógrado, me jodiste la noche de Reyes. Me hiciste sentir sucio por algo que es completamente natural. Me acusaste de “escandalizar a niños” cuando el único niño que había en el bar eras tú, que tienes la capacidad cognitiva de un crío de 4 años. Incluso mucho menos, que mi sobrino Martín con 4 años ya me preguntaba que por qué no tenía novio, que con lo guay que era por qué no había nadie que me quería.

Y no sólo eso, no. Es que después tuviste los santos cojones de subirte a casa a hablar con tu “jefe” y, desde la cocina, como un cobarde, insultarme desde un cuarto piso, a gritos, llamándome, además, mentiroso. Eres un despojo de la humanidad, chaval. Y como tal deberían tratarte.

No hice nada malo (y aunque lo hubiera hecho) y no tengo por qué sentirme sucio. Y no tiene que venir tu “jefe”, en plan machoman en miniatura (porque era bajito y gordo, una especie de enanito gruñón pasado de kilos) a decirme que tú me hablaste con buenos modos y que él igual no los tenía tan buenos. No tenéis ningún derecho a amenazarme. No tienes por qué joderles el café a unas señoras que me defendieron a mí y a mis amigos. Que nos tuvieron que defender de tus ataques llenos de veneno y de odio porque alguna frustración te impide tolerar a los que no son como tú.

No me gusta que me hagas ponerme marireivindicativa. Creía que esto estaba ya olvidado en 2016. Que los burros estaban en las granjas y los seres humanos dejaban vivir. Que los retrógrados estaban en la Iglesia o eran más viejos. A ver, imbécil, que tienes menos de 30 años y estás lleno de odio.

No soy mejor persona que tú por ser gay. No soy mejor persona que tú por haberme callado. Soy mejor persona porque tolero y permito que la gente viva, mientras deje vivir.

Me asustaste y temí por mi integridad física. Y si no hubiera sido por mi amiga y el dueño del bar, amigo mío y gay también -te sirvió el bocadillo, igual te ha pegado algo, ten cuidado- ahora mismo podría estar escribiendo esto con algo roto. Pero lo seguiría escribiendo, ¿sabes? Porque no tienes poder sobre mí. Porque temí por mi integridad física pero no te tengo miedo.

Fue una cuestión de fuerza bruta, y ahí, por lo abultado de tu pecho y de tus brazos, tenías las de ganar y decidí callarme. Pero que me haya callado no significa que hayas ganado. Significa que has demostrado lo atapuérquico que eres. Y me reafirma en que bien entradito el siglo XXI, hace falta luchar. Hace falta pelear por unos derechos que tenéis todos los heterosexuales por haber nacido y nosotros tenemos que pelearlos porque se ve que por meter mi polla en un culo (que donde yo los meto están limpios, si el tuyo se llena de mierda, igual deberías decirles a esas chicas con las que practicas sexo anal que se limpien de vez en cuando, por cierto) no los merezco y tengo que ganármelos. Anda a la mierda. Todos los que pensáis así.

¿Sabes lo que te digo? Que te vayas la mierda. Que si te mueres, más aire para los demás, que estamos faltos de oxígeno. Que no me vas a callar. De hecho, volveré cuando estés tú, con más gente, con más ganas, con más pollas y con más mierda. Y ahí es probable que el que se cague seas tú.


Sobre el autor

Flanagan R. McPhee

Iba para Reina de la Noche pero se me adelantó Letizia.