Carlos

CarlosVAnoche dio comienzo bajo mucha pompa y boato la serie más esperada de la televisión pública: Carlos. Rey, emperador.

Isabel, de la que me declaro fan incondicional, había dejado el listón y las expectativas muy altas encumbrándose como la que se ha calificado de mejor serie española de todos los tiempos. Lo que convirtió a Isabel en un producto de tanta calidad, tan exportable, no fue solo la cuidadísima dirección artística y su empeño en la fidelidad histórica, amén de brillantes interpretaciones que nos brindaron, entre otros, el inmenso Eusebio Poncela, Fernando Guillén Cuervo, Ernesto Arias, Irene Escolar o el propio Rodolfo Sancho, sino, además – y lo que definitivamente atrapó la atención de millones de espectadores cada lunes – la emoción que impregnaba cada secuencia, rodadas todas en un tono solemne, pero épico y muy emocionante, rozando a veces el misticismo por la trascendencia de lo que acontecía o se tramaba.

Esto os lo cuenta un republicano convencido al que fue dicho componente visceral el que le cautivó.

Isabel, lejos de querer inflar el orgullo patrio contándonos las vicisitudes del nacimiento del Imperio Español, nos habló con franqueza de lo doloroso de utilizar a los seres queridos como medio para obtener los fines políticos y estratégicos. De ese destino que, por aquel entonces, los monarcas o futuros monarcas no podían burlar, un peso con el que debían cargar y cuya perpetuación implicaba muchas muertes por el camino.

Carlos se estrenó anoche con un arranque espectacular y con un desarrollo que fue más lejos que su predecesora en términos de épica, brillo, factura y calidad interpretativa. Con la incorporación de nuevos nombres como el de Laia Marull, Alberto San Juan, Susi Sánchez, Nathalie Poza y el muy convincente Álvaro Cervantes, estupendo en su papel de Emperador que no sabe ni por dónde le da el aire a su llegada a una tierra hostil que jamás había pisado. Un actor al que habíamos visto poco y mal, pero al que este papel, el detonante de su incipiente carrera, encumbrará muy alto.


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