Cosas que amodio de Madrid

Bueno, de Madrid y de cualquier ciudad grande. En general. Pero me centro en Madrid porque es donde llevo viviendo cinco años. Que si, que soy una marica de provincias y todavía no me he acostumbrado al trajín de esta gran ciudad, con sus cosas buenas y sus cosas malas, y con sus cosas que de vez en cuando son buenas y de vez en cuando malas, que son de las que voy a hablar.

  1. Amodio el metro de Madrid

Los que vivimos en Madrid nos pasamos el día en el Metro. Sobre todo los que como yo no nos gusta conducir, o vivimos en el centro (entended por centro todo lo que queda dentro de la M30) o los que no nos podemos permitir tener cocheseguroplazaparking. Lo amo porque me permite ir a cualquier sitio de forma fácil y rápida, es relativamente barato y por las aglomeraciones, que de vez en cuando te empotran al lado del sobaco de un chulángano que te anima el día. Ahora es cuando me llamáis pervertido, pero no me digáis que vosotros no habéis hecho alguna vez lo de “me voy a meter por esa otra puerta que fíjate como está el chulazo de la camiseta de tirantes”. Y lo odio precisamente por ese mismo motivo, cuando te subes y el chulazo de la camiseta de tirantes huele como un preso de una cárcel de Tailandia, a sudor rancio y caldo de pollo y coliflor que lleva dos semanas en la nevera. Que también habrá algunos, muchos, que tengan la parafilia de los olores, pero a mi pues me puede.

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  1. Amodio las tiendas de los chinos

No me refiero a las tiendas de cosas de china, los antiguos todo a cien. Adoro sin reservas los todo a cien. Me refiero a las tiendas de alimentación, los antiguos ultramarinos de toda la vida de dios. Los ultramarinos chinos son unos sitios feos, cutres y abiertos hasta altas horas de la noche. Lo cual viene muy bien para cuando has tenido un día de mierda en el curro, vuelves a las diez de la noche y no te quedan cervezas. Por eso las amo, por las cervezas frías a las diez de la noche. Entras y tienes al pobre hombre chino que parece que duerme en la trastienda, al que nunca has visto en otro sitio que detrás del mostrador o fumando en cuclillas enfrente de la tienda, que te preguntas cómo se puede pasar media hora en esa posición sin tener la espalda destrozada, y es el espectáculo más triste del mundo.

  1. Amodio los universitarios

Reconozcámoslo, los universitarios como especie son un coñazo, sobre todo cuando tienes una edad. Viven en pisos compartidos donde hay tantos (inquilinos y apegados) que a cualquier cosa que hagan se monta una fiesta escandalosa. Los domingos ocupan las terrazas de La Latina con sus cuerpos delgados, sus tatuajes, su actitud de “me como el mundo” y sus camisetas de tirantes. Tienen sus dramas de postadolescentes que vocean hasta las dos de la mañana un martes sentados en un portal. Luego llega el verano, y desaparecen. Y te das cuenta que durante todo este tiempo tu sentimiento de odio era pura envidia, nada más. Envidia de poder quedarte un martes hasta las dos de la mañana contando tus penas a tu nuevo mejor amigo que acabas de conocer, de tener veinte años de nuevo y toda la vida en construcción, de poder girar ciento ochenta grados y poder cambiar de rumbo. En verano los universitarios vuelven a sus Almansas, Villarejos, y Boñares y los sustituye otro grupo que amodio todavía con más energía.

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  1. Los turistas

Hordas de japoneses en Callao, dos alemanes altísimos en Chueca, un grupo de jubiladas noruegas en Lavapies, cientos y cientos de ingleses borrachos por huertas y una parejita francesa que se intenta hacer entender entre susurros en la plaza de San Ildefonso mientras un yonqui les pregunta de donde son y si de donde son hay perros. Los turistas son la plaga amable de Madrid, ocupan el Museo del Prado con sus chanclas con calcetines, sus botellas de agua de dos litros compradas en los kioskos de Gran Vía a precio de sangre de unicornio y sus cámaras réflex gigantescas. Los odio porque me hacen preguntarme cuantas veces saldré en las fotos de cuantos miles de tarjetas de memoria que se verán una vez y nunca más. Y los amo por lo que traen de nuevo a la ciudad, las caras de asombro ante el “Jardín de las Delicias” y porque son guapos, sobre todo los dos alemanes altísimos de la plaza de Chueca.

  1. Los niños

Son adorables. Son enérgicos. Son el futuro. Apreden rápido. Contestan sin filtros a cualquier pregunta que les haces. Son capaces de sorprendente con un sentido común que muchas veces hace que te sientas imbécil. Y luego está el típico niño que se dedica durante horas a golpear una chapa con un palo y a ponerte la cabeza como un bombo. Tu mirada se cruza con la de su madre que, desesperada, te suplica sin palabras que te lo cargues, que ella mirará para otro lado y no dirá nada.

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  1. Amodio que las tiendas abran los domingos

¿Por qué? Pues fácil: las tiendas abiertas los domingos hacen que los barrios no descansen. A las diez de la mañana hordas de dependientes, algunos todavía sudando dyc con cola de la noche anterior (hace una hora) invaden las calles con ruido de persianas subiendo. La apertura de las tiendas los domingos hace que se haya perdido esa sensación de ver una prenda en el escaparate de una tienda cerrada y tener que esperar para probártela. Han convertido el centro de Madrid en un erial de tiendas pequeñas, que no pueden permitirse contratar a un estudiante por horas para que haga los fines de semana. ¿Por qué lo amo? Porque probablemente si las tiendas estuvieran cerradas los domingos mi frigorífico estaría más vacío de lo que está, y tendría que ir a las tiendas de los chinos a comprar no solo cervezas, sino todo lo demás.

  1. Amodio el moderneo

Esa generación de blogueros, tuiteros, instagramers con gafas de sol de espejo, gestores de eventos y artistas emergentes que se alimentan de canapés y copas de vodka con lima patrocinadas por absolut. Los amo porque me parecen lo que da vida a esta ciudad que si no sería mucho más aburrida, y los odio porque… porque… porque son muy pesados con sus lastres emocionales, sus instalaciones que a nadie le importan y sus “el otro día estuve con Brianda y Mario”. A nadie le importas.

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Esto es todo lo que amodio de Madrid. ¿Me cambiaría de ciudad? Probablemente si, pero seguro que terminaba echándolo de menos.


Sobre el autor

Hilde

Soy hipocondriaco, paragnósico, ateísimo y me tiro pedos.