Reflexiones (II): Mi vida con el pene cabrio

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¿Os acordáis de cuando yo escribía en este blog más o menos regularmente? Yo sí. De hecho, hace unos meses os conté una cosa un poco personal, pero como yo no tengo vergüenza ni nada que se le parezca, lo expliqué de manera más que detallada aquí.

Pues bien, el motivo por el que he tardado tanto en volver a escribir, básicamente, es que he estado estrenando el rabo. ¿Para qué os voy a contar mentiras, como que he estado trabajando mucho para la feria del pan, o que eran Fallas y no podía parar, o que no tenía inspiración si sería mentira? He estado probando una y otra vez (todo lo que me ha sido posible) mi nuevo pene cabrio. Descapotable. Descapuchado. Como un solárium en un ático de un rascacielos, vamos.

Lo primero que tenéis que saber es que esto no ha ocurrido de un día para otro. Dejamos mi pene metido en manzanilla. Luego cayeron los puntos (18 contamos mi novio y yo) uno a uno y muy poco a poco. 19 días sin tocarme, para que os hagáis una idea. Y casi 30 sin tocarle a él, para desesperación del que duerme a mi ladito. Pero, eso sí, ¡qué gusto da follar sin que te duela! No lo vais a entender si no os duele, pero ¡qué gusto da! Punto uno para cercenarse el pene, sin lugar a dudas.

Las semanas van pasando y poco a poco vas dejando de fijarte en todo momento en tu “pequeño amigo” para ir haciendo las cosas con naturalidad. Y ahí es cuando empieza la fiesta. Porque la verdad es que me ha tocado aprender a hacer cosas que ya tenía asumidas. ¿Qué no me entendéis? Os explico. Lo que aprendemos desde pequeños (y de adolescentes) a hacer de una manera natural, con un capuchón, cuando te acaban de operar tienes que volver a hacerlo  Cosas tan sencillas como:

  1. Ir al baño

¿Te acuerdas cuando eras niño y tus padres te decían “apunta bien”? Pues después de la operación de fimosis me ha tocado volver a aprender. La primera vez que vas a mear una vez caídos los puntos es una fiesta. Una fiesta de bomberos, pero un poco más cerda.

Imagina la escena: te levantas por la mañana, medio morcillón (ya no te duele, eso es una ventaja alucinante), con la sábana marcada en la cara, las legañas impidiéndote ver bien, y con unas ganas de mear que flipas. Y, por instinto, te pones frente al váter, te sacas la chorra y comienzas a dejar fluir. Y resulta que esa mañana tu pene ha decidido que tienes dos chorros: uno para arriba y otro para la derecha. Intentas parar pero es tarde: tu baño parece el O’Darko a las dos y media de la mañana.

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Tras muchos intentos infructuosos, he descubierto que para poder mear, me tengo que poner en diagonal al váter. Así que una cosa más que me ha tocado aprender a la carrera, porque no ganaba para limpiar azulejos, la verdad.

  1. Colocarla en el calzoncillo

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Parece fácil, ¿no? Te pones los calzoncillos, metes el pene, coges con una mano y colocas tu querido pene hacia el lado en el que lo has colocado desde que tienes uso de razón. 30 años a la izquierda. 30 años como 30 soles colocándome el pene en la misma posición: a la izquierda y un poquito para arriba.

Pues para empezar, cuando acabas de recuperarte de la operación, tu pene está hipersensible. Y cuando digo hipersensible quiero decir que notas hasta cuando resoplas y estás desnudo. Así que déjate de calzoncillos que no sean de algodón puro –olvídate unas semanas de los jockstrap de lycra, maricón- porque la sensación de “tengo el capullo tocando algo, tengo el capullo tocando algo” no te la vas a quitar en todo el día.

Y luego, descubre cómo quiere estar tu pene en su nuevo y descapotable estado. Porque el roce de los pelitos de las piernas (me río yo de los que se afeitan el cuerpo entero, que tiene que ser como clavarte agujas en el glande) te molesta, el vaivén de la parte izquierda que antes te gustaba tanto ahora es una tortura continua. Así que suerte encontrando tu nuevo hueco peneal (por cierto, lo mío no fue muy grave, sigue estando a la izquierda, pero ha encontrado otro hueco más hacia abajo y me ha costado como dos semanas encontrarlo).

  1. Eyacular (en pajas, vamos)

Llegamos a la parte jugosa para vosotras, guarrillas: la primera paja.

Probablemente no te acordarás de tu primera paja adolescente, porque entre tantísimas que te hiciste, pajillero, pues está ahí, diluida en el éter.  Pero de la primera paja que te haces una vez se te han caído los puntos si te vas a acordar, reina. Te lo aseguro yo.

En mi caso ocurrió a los 19 días. Creo que fue algo así como a los 10 segundos de que se me cayera el último punto. Y fue una mezcla de placer y mucho dolor. Pero a mí me dio igual y a ti también te dará igual, bonita. Hay que hacerlo porque no puedes más y el resultado es entre rápido, fugaz e instantáneo. Y muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy sucio. Vamos, que ni preparándote como Dexter para un asesinato vas a evitar manchar hasta el techo. Así que prepara toallas. Y pañuelos. Mejor cógete un rollo de papel de cocina y vas usándolo.

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A partir de ahí, pues cada uno va buscando su truco. Porque con el capuchón podías controlar (tuve un novio que se lo dejaba todo dentro porque lo tenía muy flexible, rollo globo), pero sin el capuchón vas a dejar la habitación como un Pollock. Así que mi consejo es que practiques mucho y tengas siempre Kleenex a mano. Cómpralos en el chino o tendrás que dedicar una partida de tu sueldo a la compra de cajas #FlannyConsejo

  1. Sexo

Esto es otro nivel, chicas. Os lo digo de corazón. La razón por la que me operé fue porque follando me dolía. El resto daba un poco más igual. Pero follando me dolía y el sexo es para disfrutar. Y aunque no es instantáneo, la operación ha hecho que folle sin dolor. Y eso es muy bien. Pero mucho, mucho.

pene descapuchado

Las primeras veces que lo haces… ¿cómo explicarlo? Te dan ganas de echarte a llorar. No tienes capuchón, has pasado casi 20 días sin tocarte y cuando vas a practicar sexo… TE DUELE. TE DUELE MUCHO. Olvídate de mamadas y esas cosas y céntrate en el tema penetración, porque con eso tienes bastante. Los primeros días.

Yo fui al médico inmediatamente después del segundo polvo con dolor, y ¿cuál fue su solución? “Folla mucho para acostumbrarte el rabo”. VIVA MI MÉDICO. Le pedí si me lo podía poner por escrito y no quiso, pero fui a mi novio, le dije las instrucciones del médico… y por eso no he podido escribir hasta hoy.

En resumen, queridas amigas: si tenéis fimosis o frenillo, operaos. Duele, molesta, es largo… Pero es para toda la vida. Y de verdad, el cambio es a mucho mejor.

Por cierto, el croché que me hizo la enfermera ha resultado en una cicatriz mínima y muy mona que se sitúa debajo justo del glande, así que ahora tengo el pene 10 veces más bonito de lo que ya lo tenía. Vamos, que todo ha sido para mejor.

operación fimosis


Sobre el autor

Flanagan R. McPhee

Iba para Reina de la Noche pero se me adelantó Letizia.